El fanatismo de aquel ser inmundo era tal,que una pléyade de negros gamberros se reunían en corro frente a él,para escuchar su discurso interminable que flotaba en el infinito de una sinrazón siniestra y opaca.La verborrea que soltaba de su babosa boca aquel desgraciado,obnubilaba las mentes también de los octogenarios que habían dejado el contumaz psiquiátrico para escucharlo a él;al nuevo ídolo de pies de barro,cuerpo de latón y cabeza de hierro.Pero cuando cayó la noche,todos los asistentes se dieron cuenta de una cosa.Que tras la máscara traviesa pero peligrosa del portavoz de una nueva e hiriente ideología,se acurrucaba un minúsculo enano que se sonrojó de vergüenza al ser descubierto.Entonces,tartamudeando,intentó dar fieles y coherentes explicaciones.Mas la cohorte que lo había escuchado,alarmada por el cruel engaño,le dio caza mientras intentaba escabullirse entre las piernas de sus ahora enemigos furibundos.Lo agarraron del cuello y,estrujándole el cráneo,lo mataron.Dejando que la pálida aurora sorbiera el pestilente hedor de su viciada sangre que ya no descansaría sino en el infierno.