Valeria del Mar
Poeta recién llegado
La telaraña
El rincón apretujado entre ambas paredes
la tenían detenida; como presa, yerta,
atenazada y casi ahogada.
Sus redes de telgopor y azúcar
se asentaban sobre terreno llano y tieso.
Nunca supo en verdad si ese tejido,
equiparable a un punto cruz,
le daría la bocanada de aire
que tanto necesitaba.
¡ Quizás si! se dijo.
Lenta y titubeante, se alzó.
Jadeante y despierta, alargó el punto
y aquella diminuta puntada
se convertía ahora
en una maraña de reyertas costumbres.
Casi asfixiada continuaba la labor
tejiendo y entretejiendo.
Las ideas sobrevolaban entre los dedos.
Las diminutas cosidas
cruzaban de lado a lado alcanzando techo.
Del suelo al cielo. Subió.
Se deshizo en lamentos; pero llegó.
Cruzó todo el canal ascendente de acequias.
Trepó. Trepó alto.
Y se ramificó.
Se fue inmiscuyendo
entre el polvo y la mugre.
Se fue abriendo camino
a través de esos hilos de oro
y esa sombra de cristal.
Perseguía el fin en si mismo
aquel, que por certero y paciente,
la conduciría a su anidamiento.
Al fiel escondite que la liberaría
del claustro actual.
Aquellas primeras paredes engalanadas
se convirtieron ahora en miles.
La colonización había sido un éxito.
Se podría decir que la casa...
estaba tomada.
El rincón apretujado entre ambas paredes
la tenían detenida; como presa, yerta,
atenazada y casi ahogada.
Sus redes de telgopor y azúcar
se asentaban sobre terreno llano y tieso.
Nunca supo en verdad si ese tejido,
equiparable a un punto cruz,
le daría la bocanada de aire
que tanto necesitaba.
¡ Quizás si! se dijo.
Lenta y titubeante, se alzó.
Jadeante y despierta, alargó el punto
y aquella diminuta puntada
se convertía ahora
en una maraña de reyertas costumbres.
Casi asfixiada continuaba la labor
tejiendo y entretejiendo.
Las ideas sobrevolaban entre los dedos.
Las diminutas cosidas
cruzaban de lado a lado alcanzando techo.
Del suelo al cielo. Subió.
Se deshizo en lamentos; pero llegó.
Cruzó todo el canal ascendente de acequias.
Trepó. Trepó alto.
Y se ramificó.
Se fue inmiscuyendo
entre el polvo y la mugre.
Se fue abriendo camino
a través de esos hilos de oro
y esa sombra de cristal.
Perseguía el fin en si mismo
aquel, que por certero y paciente,
la conduciría a su anidamiento.
Al fiel escondite que la liberaría
del claustro actual.
Aquellas primeras paredes engalanadas
se convirtieron ahora en miles.
La colonización había sido un éxito.
Se podría decir que la casa...
estaba tomada.