En la verde pradera de un mundo llamado sueño,los faunos tañen las llameantes cítaras que se evaporan al menor contacto con la luz embriagadora de la estrella vespertina.Es noche,y los mortales salen de sus cubiles de paja para cantar a la inmaculada luna creciente,que ríe con sus pétalos mudos y silenciosos.A lo lejos se escucha el rugido impetuoso del furibundo mar,lejos del alcance melancólico de unas miradas divinas que se extasían con el placer de un poder invisible que cae del cielo negro,cargado de bellotas y granadas;a punto de madurar para caer luego en la fértil tierra de los ancestros de los dioses;esos númenes paganos cuyos secretos nombres sacuden de sagrado temblor a la católica institución de la cristiandad.Pues sabe que aquellos están destinados en el futuro de un lúgubre espejismo incierto a reinar eternamente.