Josefina Baró
Poeta recién llegado
Un día cualquiera,
por la mañana,
miro con ojos soñadores
hacia mi ventana.
Veo el cielo, dorado por el amanecer,
los rayos del sol lo surcan
como caballos al correr.
El canto de un ruiseñor
pude escuchar por casualidad,
un canto tan armonioso
que llena mi alma de felicidad.
Se posa en el marco de madera
el cantante celestial,
en sus plumas brilla
la luz de la estrella matinal.
Me dirigí a él con tono triste y fantasioso:
¡Oh, bella criatura,
que nada sabes de este mundo espantoso!
¿Quién tuviera tu inocencia,
quién tuviera tu simpleza?
Ni sabios de la ciencia
ni estudiosos de la naturaleza
pensarán siquiera en ellas.
En sus laboriosas vidas
siempre se encierran con candado,
olvidando entre idas y venidas,
todo lo que Dios les ha dado.
Los niños en las calles
ya no se ha visto jugar.
Por la tele enajenados
no la dejan de mirar.
Ya nadie ve una estrella,
ya nadie cultiva una flor,
ya nadie se alegra observando
de la luna el resplandor.
Extiende tus alas de seda,
vuela como un halcón veloz,
y anuncia por donde puedas
con tu melodiosa voz,
que lo hermoso la gente
ha dejado de lado
para atender lo que creen importante
y que han sobrevalorado.
por la mañana,
miro con ojos soñadores
hacia mi ventana.
Veo el cielo, dorado por el amanecer,
los rayos del sol lo surcan
como caballos al correr.
El canto de un ruiseñor
pude escuchar por casualidad,
un canto tan armonioso
que llena mi alma de felicidad.
Se posa en el marco de madera
el cantante celestial,
en sus plumas brilla
la luz de la estrella matinal.
Me dirigí a él con tono triste y fantasioso:
¡Oh, bella criatura,
que nada sabes de este mundo espantoso!
¿Quién tuviera tu inocencia,
quién tuviera tu simpleza?
Ni sabios de la ciencia
ni estudiosos de la naturaleza
pensarán siquiera en ellas.
En sus laboriosas vidas
siempre se encierran con candado,
olvidando entre idas y venidas,
todo lo que Dios les ha dado.
Los niños en las calles
ya no se ha visto jugar.
Por la tele enajenados
no la dejan de mirar.
Ya nadie ve una estrella,
ya nadie cultiva una flor,
ya nadie se alegra observando
de la luna el resplandor.
Extiende tus alas de seda,
vuela como un halcón veloz,
y anuncia por donde puedas
con tu melodiosa voz,
que lo hermoso la gente
ha dejado de lado
para atender lo que creen importante
y que han sobrevalorado.
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