El cielo es todo malva,
su piar resuena al colorido ocaso,
mi corazón escucha enmudecido
a pesar de no verle
lo que su piquillo habla.
¡Ay, como duele no entenderle nada!
Por el balcón abierto, un gorrioncillo
llega cotilleando...
Callado y quieto, solo le contemplo,
entra dando saltitos
con su pancita gris
y su garganta dulce, blanquecina.
Apura unas migajas
que por costumbre dejo en las mañanas.
Me mira y picotea sin descanso
y me vuelve a mirar
y alza el vuelo y regresa
comiendo nuevamente
y queda reposando
mientras yo me dedico a observarle.
Sale y entra otra vez
mirándome y trinando,
y así cuento tres veces
hasta que alza su vuelo y ya no vuelve.
Y aquí me quedo, con
la luna dando besos plateados
al balcón solitario,
rememorando cada movimiento...
¿Qué dijo su garganta?
¡Ay, como duele no entenderle nada!
Luis