Cuando yacemos penetrando los cauces amantes
de la indecisa existencia, temblamos desde el
primer momento donde la piel asoma su gloriosa
alfombra.
Temblamos, cuando la maravilla del ser ha tocado
puntualmente el talle vibrante de todo el pecho
como alcoba acogedora con los cuatro puntos cardinales
abiertos.
Amoroso, el sol ardiente acaricia los fuegos del hombre
cuando su mano profetiza y entiende con
estremecimiento, que en ese gesto furioso y confuso
por la certidumbre de sentirse vivo, ha llegado la
tarde de la vida y temblamos, pues los pasos primitivos
que sacuden el camino, no han estado convencidos de
haber tocado la esencia del humano y seguimos siendo
animales educados dejando de lado ese sexto sentido.
Temblamos y buscamos un cierre, cuando ya nada es
posible y nos vamos alejando de la felicidad que estuvo
palpable y que no fue posible alcanzar.