El olor del olvido

ivoralgor

Poeta fiel al portal
I

Era el mismo sudor, los ojos miel que se nublaban, - más por la costumbre que por el placer-, los gemidos y los jadeos estridentes que ya me sacaban de mis casillas. Lo miré directamente a los ojos; estaba exhausto, con los brazos temblando y la respiración entrecortada. ¡Se acabó!, dije con voz determinante. Una sonrisa burlona se empezaba a dibujar en sus labios. ¡Si te ríes, te mato! Él sabía que no estaba jugando y se quedó quieto.

Fui al baño a lavarme sus asquerosas caricias y jugos pestilentes. Después de vestirme lo sentencié de nuevo: ¡Se acabó!

- ¿Y tu paga? - alcanzó a decir.

- Cómprate una muñeca inflame – respondí dando un portazo.

Encendí un mentolado y aspiré profundo. Hurgué en el bolso, imitación de piel, buscando el teléfono celular. Era temprano, - las siete de la noche,- y la vida apestaba a olvido.

II

¡Augusto! ¡Augusto! ¡Eres un pendejo! Me repetía una y otra vez. Ya estaba harto de masturbarme cada vez que ella, mi esposa, no quería tener sexo conmigo. Salí de la casa a las ocho de la noche. Recién había llenado el tanque de gasolina al carro, así que podía deambular bastante rato por ahí, en medio de la noche. No sabía decir si el destino era un asco o la vida me estaba hurgando el culo. Creo que un poco de los dos. Encendí un Marlboro rojo, me subí al carro y salí huyendo, decidido a tener sexo a cualquier precio.

La avenida Itzaes estaba casi solitaria. De pronto, vi a una mujer parada en una esquina, - estaba fumando,- inmersa en su teléfono celular. Llevaba puestos un vestido entalladísimo y zapatillas altas y el cabello suelto. Disminuí la velocidad para verla mejor. De cuando en cuando, se llevaba el cigarrillo a los labios para darle una calada. Me detuve frente a ella. ¿Tienes fuego?, le pregunté casi gritando. Levantó la mirada. ¡Vete a la mierda!, dijo por respuesta. Apagué el motor del carro. Respiré hondo y salí. Ella seguía entretenida mirando la pantalla iluminada de su teléfono celular. Insistí con la pregunta: ¿Tienes fuego? Sin ella tener la intención de entablar una conversación, estiró el brazo donde sostenía el cigarrillo. Acerqué mi cigarrillo al de ella y le di un par de caladas para encenderlo. Ahora lárgate, dijo secamente. Después de terminar el cigarrillo, dije al aspirar largamente.

- La vida apesta – dije soltando el humo contenido en los pulmones.

Me vio de soslayo e hizo una mueca, casi sonriendo.

- Vaya que apesta – terminó por contestar.

Le di la última calada al Marlboro rojo y me dirigí al carro. Ella dejó de mirar la pantalla blanquecina de su celular.

III

Encendí el motor del carro. Tocó el cristal del asiento del conductor un par de veces. Abrí la ventana. Cobro quinientos pesos, dijo con voz asqueada, intentando oírse sexy. Revisé mi cartera. Sólo tengo trescientos pesos, ¿qué consigo con eso?, pregunté excitado. Un par de besos de lengua y una chaqueta, respondió con una sonrisa burlona. Más el cuarto, concluyó. La vida sí me está hurgando el culo, pensé al fin. Suspiré resignado y le abrí la puerta.

Avancé unos cinco kilómetros y me interné por unas calles oscuras. Detuve el carro y apagué las luces ¿El olvido apresta?, preguntó antes de llevarse a la boca mi sexo, aún flácido. Algunas veces, dije al cerrar los ojos e imaginar que esa humedad era de su sexo.

 

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