Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Mi cuerpo, ¿sigue siendo mi cuerpo?
Esta piel que ha pasado por tantas mudas,
¿en qué se ha convertido ahora?
¿Acaso las evoluciones no cesarán nunca?
Ahora escribo con unas manos que no reconozco,
que se mueven por el teclado como halcones,
y los dedos
¿son sus garras o sus picos?
No sabría decir
si se posan sobre las teclas o las consumen.
Los ruidos del exterior han cambiado de plumajes también,
como si yo les hubiese animado a ello.
Y el olor de esta ciudad
es violento y reluciente: la hoja de un cuchillo.
Huele a la sangre de ángeles antiguos
que intentaron expiar aquí su lascivia.
El asfalto cubrió sus miembros mutilados
y ahora pisoteamos su martirio
y derramamos sobre él aquello de lo que huyeron:
orgasmos, gula, arañazos, saliva…
Somos sus hijos podridos,
¡abortos que escaparon de las burbujas de su semen inmaculado!
Mi cuerpo,
¿empieza a reflejar esas blasfemias?
Miro por la ventana
y el sol agujerea los cielos con su acupuntura sádica.
Oigo sus gritos
estrangulados por el traqueteo de los coches.
Y ahora que son los dioses quienes nos piden ayuda y atención,
nosotros encarnamos sus anatemas pasados.
Les devolvemos el mismo favor perverso
que nos daban ellos
cuando se nos fundían las rodillas o la frente con el suelo.
Miro por la ventana y veo
las siluetas vaporosas de las divinidades a las que hemos vuelto la espalda.
No siento lástima;
no son más que nubes animadas por el viento.
Mi cuerpo,
¿es ahora un martillo contra la fe?
Tanto las oraciones
como los nombres sagrados
corroen mis encías.
En el espejo
mis ojos son diferentes:
dos pozos acariciados por dedos de brujería.
Y mis labios
llevan inscrita la erosión de los sexos que he lamido.
Mis mejillas son blancas como palomas muertas.
Lo que me mantiene en pie
no son huesos,
sino… ¿quién sabe?
A veces son torres de misterios que he ido amasando bajo la lengua,
y otras,
mi propia vanidad.
Esta piel que ha pasado por tantas mudas,
¿en qué se ha convertido ahora?
¿Acaso las evoluciones no cesarán nunca?
Ahora escribo con unas manos que no reconozco,
que se mueven por el teclado como halcones,
y los dedos
¿son sus garras o sus picos?
No sabría decir
si se posan sobre las teclas o las consumen.
Los ruidos del exterior han cambiado de plumajes también,
como si yo les hubiese animado a ello.
Y el olor de esta ciudad
es violento y reluciente: la hoja de un cuchillo.
Huele a la sangre de ángeles antiguos
que intentaron expiar aquí su lascivia.
El asfalto cubrió sus miembros mutilados
y ahora pisoteamos su martirio
y derramamos sobre él aquello de lo que huyeron:
orgasmos, gula, arañazos, saliva…
Somos sus hijos podridos,
¡abortos que escaparon de las burbujas de su semen inmaculado!
Mi cuerpo,
¿empieza a reflejar esas blasfemias?
Miro por la ventana
y el sol agujerea los cielos con su acupuntura sádica.
Oigo sus gritos
estrangulados por el traqueteo de los coches.
Y ahora que son los dioses quienes nos piden ayuda y atención,
nosotros encarnamos sus anatemas pasados.
Les devolvemos el mismo favor perverso
que nos daban ellos
cuando se nos fundían las rodillas o la frente con el suelo.
Miro por la ventana y veo
las siluetas vaporosas de las divinidades a las que hemos vuelto la espalda.
No siento lástima;
no son más que nubes animadas por el viento.
Mi cuerpo,
¿es ahora un martillo contra la fe?
Tanto las oraciones
como los nombres sagrados
corroen mis encías.
En el espejo
mis ojos son diferentes:
dos pozos acariciados por dedos de brujería.
Y mis labios
llevan inscrita la erosión de los sexos que he lamido.
Mis mejillas son blancas como palomas muertas.
Lo que me mantiene en pie
no son huesos,
sino… ¿quién sabe?
A veces son torres de misterios que he ido amasando bajo la lengua,
y otras,
mi propia vanidad.