Capasa
Poeta que considera el portal su segunda casa
Escuchando el silencio (relato)
El silencio fue creciendo y su eco se hizo tan fuerte que gritaba en mis oídos, me desperté sobresaltada, miré por la ventana y una espesa niebla cubría la calle, era una sombra etérea y traslúcida hecha como de agua y cristal, que a modo de un mar inexistente invadía la amplia avenida.
Sentí la boca amarga, el recuerdo de aquel beso, difuso y abatido palpitaba entre mis labios deshabitados de ti, me sentí como aquella calle desierta y envuelta entre las sombras. Furtiva, mi mirada, buscaba un pequeño rayo de luz para ver detrás de aquella niebla y si los edificios que nuestro amor habían construidos seguían allí o estarían en las antípodas de nuestras vidas, parecía que a nuestros ojos se les habían olvidado el encanto de asomarse a las ventanas y ver el tiempo pasar, suavemente, como si fuese el roce de una sombra.
La mortecinas luces del alba empezaban a desperezar el día, la calle empieza a despertarse, la niebla como una inmensa cometa levanta el vuelo y deja ver que los edificios siguen ahí, que nada ha cambiado, simplemente nuestros ojos dejaron de mirar
Siento sobre mí, las manos cálidas de miles de generaciones que me enseñan que en la vida no es todo color de rosa, que entre los blancos y los negros, están los grises y entre ellos está escondida una música que nunca se ve, ni se oye y que son las que mueve las manecillas del reloj con un melodioso compás para que no nos perdamos entre la niebla de nuestros sentimientos.
Carmen Pacheco Sánchez
El silencio fue creciendo y su eco se hizo tan fuerte que gritaba en mis oídos, me desperté sobresaltada, miré por la ventana y una espesa niebla cubría la calle, era una sombra etérea y traslúcida hecha como de agua y cristal, que a modo de un mar inexistente invadía la amplia avenida.
Sentí la boca amarga, el recuerdo de aquel beso, difuso y abatido palpitaba entre mis labios deshabitados de ti, me sentí como aquella calle desierta y envuelta entre las sombras. Furtiva, mi mirada, buscaba un pequeño rayo de luz para ver detrás de aquella niebla y si los edificios que nuestro amor habían construidos seguían allí o estarían en las antípodas de nuestras vidas, parecía que a nuestros ojos se les habían olvidado el encanto de asomarse a las ventanas y ver el tiempo pasar, suavemente, como si fuese el roce de una sombra.
La mortecinas luces del alba empezaban a desperezar el día, la calle empieza a despertarse, la niebla como una inmensa cometa levanta el vuelo y deja ver que los edificios siguen ahí, que nada ha cambiado, simplemente nuestros ojos dejaron de mirar
Siento sobre mí, las manos cálidas de miles de generaciones que me enseñan que en la vida no es todo color de rosa, que entre los blancos y los negros, están los grises y entre ellos está escondida una música que nunca se ve, ni se oye y que son las que mueve las manecillas del reloj con un melodioso compás para que no nos perdamos entre la niebla de nuestros sentimientos.
Carmen Pacheco Sánchez
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