Nido de víboras

Évano

Libre, sin dioses.
Está la pradera más clara que el cielo
y echa humo la tierra repleta de agua.
Las roderas llenas de lluvia reflejan
azures turbios al paso de los carros.

La noche ruge en la vendimia que pudre.
Me causa tristeza, como cuando el amo
de esta cosecha amenazada era yo.
Tomé por señal de apego a la propiedad

y era el instinto carnal de campesino,
un campesino interrogando angustiado
desde hace mil siglos el horizonte.
La renta que debo cobrar cada mes

se acumula en la casa de mi notario.
Fue mi vida la cárcel de una pasión
que no me poseía. Un perro que ladra
a lunas que fascinan por sus reflejos.

¡Despertar a los sesenta y ocho años!
¡Renacer en el momento de morir!
Que unos años aún me sean donados,
algunos meses, quizá algunas semanas.

Todo está ahí, al alcance de la mano,
mis ampollas de nitrito de morfina.
Los muchachos, atareados, no se mueven
de la ciudad. A veces vienen, se informan.

Todo pasa sin demasiadas disputas.
Cómicamente se reparten servicios;
uno, ropa blanca; otro, cristalerías.
Cortarían un tapiz por la mitad

antes de que lo disfrutara uno solo.
Prefieren que todo esté desparejado
antes de que un lote sea mayor que otro.
Ellos lo llaman pasión por la justicia.

Han transcurrido sus vidas disfrazando,
con hermosos nombres, sentimientos viles.
He de borrar esto. ¿Quién sabe si son
prisioneros, como yo mismo lo he sido,

de una pasión que no reside en sus almas?
Los olmos y los álamos de los prados
le dibujan a la carretera, planos
superpuestos a las líneas azures.

La bruma se acumula al humo de yerbas,
y a este aliento inmenso y húmedo de tierra
que he bebido y ahora me despierta
como otoño de racimos donde queda

un poco de lluvia brillante prendida.
No volveremos a encontrar aquello
que no buscamos en la lluvia de agosto.
Tal vez nosotros ladramos a la luna.



Poesía basada (lógicamente, con algunas libertades por mi parte) en el principio del capítulo XVIII de El nido de víboras, de François Mauriac, editorial Planeta, en su colección: Obras selectas de premios Nobel.
 
Está la pradera más clara que el cielo
y echa humo la tierra repleta de agua.
Las roderas llenas de lluvia reflejan
azures turbios al paso de los carros.

La noche ruge en la vendimia que pudre.
Me causa tristeza, como cuando el amo
de esta cosecha amenazada era yo.
Tomé por señal de apego a la propiedad

y era el instinto carnal de campesino,
un campesino interrogando angustiado
desde hace mil siglos el horizonte.
La renta que debo cobrar cada mes

se acumula en la casa de mi notario.
Fue mi vida la cárcel de una pasión
que no me poseía. Un perro que ladra
a lunas que fascinan por sus reflejos.

¡Despertar a los sesenta y ocho años!
¡Renacer en el momento de morir!
Que unos años aún me sean donados,
algunos meses, quizá algunas semanas.

Todo está ahí, al alcance de la mano,
mis ampollas de nitrito de morfina.
Los muchachos, atareados, no se mueven
de la ciudad. A veces vienen, se informan.

Todo pasa sin demasiadas disputas.
Cómicamente se reparten servicios;
uno, ropa blanca; otro, cristalerías.
Cortarían un tapiz por la mitad

antes de que lo disfrutara uno solo.
Prefieren que todo esté desparejado
antes de que un lote sea mayor que otro.
Ellos lo llaman pasión por la justicia.

Han transcurrido sus vidas disfrazando,
con hermosos nombres, sentimientos viles.
He de borrar esto. ¿Quién sabe si son
prisioneros, como yo mismo lo he sido,

de una pasión que no reside en sus almas?
Los olmos y los álamos de los prados
le dibujan a la carretera, planos
superpuestos a las líneas azures.

La bruma se acumula al humo de yerbas,
y a este aliento inmenso y húmedo de tierra
que he bebido y ahora me despierta
como otoño de racimos donde queda

un poco de lluvia brillante prendida.
No volveremos a encontrar aquello
que no buscamos en la lluvia de agosto.
Tal vez nosotros ladramos a la luna.



Poesía basada (lógicamente, con algunas libertades por mi parte) en el principio del capítulo XVIII de El nido de víboras, de François Mauriac, editorial Planeta, en su colección: Obras selectas de premios Nobel.


Excelente poema. Me ha gustado mucho, el estilo que utilizas en estos versos, que parecen intentar purgar acciones, a la vez que se reprochan.

Un abrazo y mis felicitaciones.
 

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