elena morado
Poeta que considera el portal su segunda casa
Algunas veces se me da por pensar, es un defecto que tengo, además de muchos otros que no pienso desvelar, aunque he descubierto que no es nada bueno para mi salud mental, y aún así no puedo dejar de hacerlo: a veces pienso.
La mente, esa jodida desconocida. Qué difícil es guardar el equilibrio y aparentar normalidad cuando no la hay, y aparentar tranquilidad cuando eres un manojo de nervios, y simular que estás cuerdo cuando te vienen a la cabeza pensamientos impensables, y te das cuenta de que estás ahí, al límite.
Al límite del bien, al límite del mal que dirían La Frontera. Me encanta esa canción. A veces la tarareo, como ahora:
al límite del bien
al límite del mal
al límite del bien
al limite del mal
na nanana nanna nnana
te esperaré en el límite del bien y del mal...
Me pierdo, en realidad no me importaría perderme, perder la cabeza, por eso no me pongo bufandas ni pañuelos para sujetarla.
Todos los días, al salir del autobús, cuando llego a la estación, justo enfrente me quedo mirando a un hombre que reposa sus sueños sobre un banco, tapado con esa manta vieja. No se le ve la cara, no puedo ver sus ojos, está durmiendo.
Y fuera, a la intemperie, otros dos, duermen al frio de la noche.
Me pregunto muchas veces qué les pasó para terminar durmiendo sobre un banco, o sobre el suelo, pero qué más da el porqué. Allí están, todos los días, cada uno de los días que voy camino a la oficina de lunes a viernes.
Y pienso qué harán al despertar, porque yo cuando me levanto lo primero que hago es ir corriendo a hacer pis. Debe de ser jodido no tener una taza de váter para hacer pis, y abrir el grifo de la ducha y meterte allí debajo y lavarte los dientes. Y hacerte un café y peinarte delante del espejo.
Todas esas cosas normales que hacemos al levantarnos por la mañana, y que no echamos de menos, porque no vivimos en la calle.
Ellos no pueden hacer nada de eso. Sólo pueden desperezarse, eso sí pueden hacerlo y estirarse mucho como los gatos, y levantar los brazos y bostezar, como si hubieran pasado una noche estupenda en su estupendo colchón nuevo acabado de estrenar. Con cara de invierno y otra de verano, capa de látex, muelles y viscoelástica a partes iguales. 1500 a plazos en 18 meses y sin intereses.
¡Una ganga!.
Me acuerdo de la plaza de Antón Martín, un montón de drogadictos esperaban su dosis diaria, pasaba delante de ellos todos los días, al salir del metro. Me acuerdo de una madre que tiraba del carrito de su bebé...iba allí con ellos, a esa plaza.
Y Juan, bueno no recuerdo su nombre, pero yo creo que era Juan. Le vi unas cuantas veces entrar en el metro de estrecho. Me gustaba su cara, tenía cara de buena persona, su cara y sus ojos hablaban y su chaqueta, su chaqueta hablaba. Le miraba e imaginaba historias, historias que me contaba su chaqueta.
Era bajito, tenía poco pelo y blanco, y una barba desaliñada también blanca. Yo le miraba y quería que sonriese, pero no sonreía. La tristeza vivía en sus ojos. Qué habrá ido de él. Podría reconocerle entre un centenar de vagabundos. Espero que esté en algún lugar donde no pueda dejar de sonreír, donde no tenga cabida la tristeza, esa tristeza que podía tocarse cuando le veía mirar al suelo con la cabeza gacha, mientras sujetaba su cara con una mano, y con la otra se agarraba a la barra para no caerse. Juan: sonríe, no dejes de sonreír, sonríe siempre.
Me gustaba Juan, el señor mayor del metro.
Una vez, en Fuencarral, una chica salió de un portal, y de pronto un niño detrás de ella. Le pedía llorando que no se fuera, no tendría más de tres años.
El niño lloraba. Su madre tenía que ir a trabajar. Algunas vidas no son fáciles y yo no soy juez.
Muchas veces me pregunto, qué es lo que me diferencia de ellos, o nos diferencia de ellos, y la verdad que no encuentro ninguna diferencia, yo podría ser uno de ellos, podría terminar durmiendo en el suelo tapada con una manta vieja, con suerte podría llegar a tener una manta.
También me pregunto dónde está la delgada línea roja, donde está el limite de cruzar o no al otro extremo. Creo que a veces resulta demasiado fácil.
He visto muchas veces esa línea, justo debajo de mi zapato, allí estaba, como en una carrera de cien metros lisos, preparada para salir, esperando a oir el disparo, justo delante de mi pie está la línea roja, a punto de gritar nulo.
Dónde estará el limite de la cordura, o de la locura.
María, la de los cartones, camina durante horas para llenar su carro de cosas viejas y la comida que puede conseguir para ese día. Es una buena mujer, nunca le he hecho preguntas. Solo le doy los buenos días y una sonrisa cuando me la encuentro, y ella me la devuelve y yo me la quedo.
Me gusta su sonrisa como me gustaba la cara de Juan.
Yo creo que cualquiera de nosotros, podría terminar sus días en la calle, porque muchas de esas personas que duermen en la calle no creo que sean peores que cualquiera de nosotros.
Cualquiera podría ser María, o Juan, o tantos otros sin nombre pero con apellidos y fecha de nacimiento.
Cualquiera de nosotros podría ser algún día una manta vieja sobre un banco, o una chaqueta gastada que cuenta historias,
o simplemente,
alguien que tararea una canción descalzo por el parque.
nanana nanana
al borde del abismo
nos han visto correr
nanana nanana
na na na.
Antonia Mauro del Blanco
Nota: "descalzos por el parque", pertenece al titulo de una película de 1967. Todo un clásico, una de mis preferidas. La recomiendo. Robert Redford y Jane Fonda.
La mente, esa jodida desconocida. Qué difícil es guardar el equilibrio y aparentar normalidad cuando no la hay, y aparentar tranquilidad cuando eres un manojo de nervios, y simular que estás cuerdo cuando te vienen a la cabeza pensamientos impensables, y te das cuenta de que estás ahí, al límite.
Al límite del bien, al límite del mal que dirían La Frontera. Me encanta esa canción. A veces la tarareo, como ahora:
al límite del bien
al límite del mal
al límite del bien
al limite del mal
na nanana nanna nnana
te esperaré en el límite del bien y del mal...
Me pierdo, en realidad no me importaría perderme, perder la cabeza, por eso no me pongo bufandas ni pañuelos para sujetarla.
Todos los días, al salir del autobús, cuando llego a la estación, justo enfrente me quedo mirando a un hombre que reposa sus sueños sobre un banco, tapado con esa manta vieja. No se le ve la cara, no puedo ver sus ojos, está durmiendo.
Y fuera, a la intemperie, otros dos, duermen al frio de la noche.
Me pregunto muchas veces qué les pasó para terminar durmiendo sobre un banco, o sobre el suelo, pero qué más da el porqué. Allí están, todos los días, cada uno de los días que voy camino a la oficina de lunes a viernes.
Y pienso qué harán al despertar, porque yo cuando me levanto lo primero que hago es ir corriendo a hacer pis. Debe de ser jodido no tener una taza de váter para hacer pis, y abrir el grifo de la ducha y meterte allí debajo y lavarte los dientes. Y hacerte un café y peinarte delante del espejo.
Todas esas cosas normales que hacemos al levantarnos por la mañana, y que no echamos de menos, porque no vivimos en la calle.
Ellos no pueden hacer nada de eso. Sólo pueden desperezarse, eso sí pueden hacerlo y estirarse mucho como los gatos, y levantar los brazos y bostezar, como si hubieran pasado una noche estupenda en su estupendo colchón nuevo acabado de estrenar. Con cara de invierno y otra de verano, capa de látex, muelles y viscoelástica a partes iguales. 1500 a plazos en 18 meses y sin intereses.
¡Una ganga!.
Me acuerdo de la plaza de Antón Martín, un montón de drogadictos esperaban su dosis diaria, pasaba delante de ellos todos los días, al salir del metro. Me acuerdo de una madre que tiraba del carrito de su bebé...iba allí con ellos, a esa plaza.
Y Juan, bueno no recuerdo su nombre, pero yo creo que era Juan. Le vi unas cuantas veces entrar en el metro de estrecho. Me gustaba su cara, tenía cara de buena persona, su cara y sus ojos hablaban y su chaqueta, su chaqueta hablaba. Le miraba e imaginaba historias, historias que me contaba su chaqueta.
Era bajito, tenía poco pelo y blanco, y una barba desaliñada también blanca. Yo le miraba y quería que sonriese, pero no sonreía. La tristeza vivía en sus ojos. Qué habrá ido de él. Podría reconocerle entre un centenar de vagabundos. Espero que esté en algún lugar donde no pueda dejar de sonreír, donde no tenga cabida la tristeza, esa tristeza que podía tocarse cuando le veía mirar al suelo con la cabeza gacha, mientras sujetaba su cara con una mano, y con la otra se agarraba a la barra para no caerse. Juan: sonríe, no dejes de sonreír, sonríe siempre.
Me gustaba Juan, el señor mayor del metro.
Una vez, en Fuencarral, una chica salió de un portal, y de pronto un niño detrás de ella. Le pedía llorando que no se fuera, no tendría más de tres años.
El niño lloraba. Su madre tenía que ir a trabajar. Algunas vidas no son fáciles y yo no soy juez.
Muchas veces me pregunto, qué es lo que me diferencia de ellos, o nos diferencia de ellos, y la verdad que no encuentro ninguna diferencia, yo podría ser uno de ellos, podría terminar durmiendo en el suelo tapada con una manta vieja, con suerte podría llegar a tener una manta.
También me pregunto dónde está la delgada línea roja, donde está el limite de cruzar o no al otro extremo. Creo que a veces resulta demasiado fácil.
He visto muchas veces esa línea, justo debajo de mi zapato, allí estaba, como en una carrera de cien metros lisos, preparada para salir, esperando a oir el disparo, justo delante de mi pie está la línea roja, a punto de gritar nulo.
Dónde estará el limite de la cordura, o de la locura.
María, la de los cartones, camina durante horas para llenar su carro de cosas viejas y la comida que puede conseguir para ese día. Es una buena mujer, nunca le he hecho preguntas. Solo le doy los buenos días y una sonrisa cuando me la encuentro, y ella me la devuelve y yo me la quedo.
Me gusta su sonrisa como me gustaba la cara de Juan.
Yo creo que cualquiera de nosotros, podría terminar sus días en la calle, porque muchas de esas personas que duermen en la calle no creo que sean peores que cualquiera de nosotros.
Cualquiera podría ser María, o Juan, o tantos otros sin nombre pero con apellidos y fecha de nacimiento.
Cualquiera de nosotros podría ser algún día una manta vieja sobre un banco, o una chaqueta gastada que cuenta historias,
o simplemente,
alguien que tararea una canción descalzo por el parque.
nanana nanana
al borde del abismo
nos han visto correr
nanana nanana
na na na.
Antonia Mauro del Blanco
Nota: "descalzos por el parque", pertenece al titulo de una película de 1967. Todo un clásico, una de mis preferidas. La recomiendo. Robert Redford y Jane Fonda.
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