De niña con la merienda
yo me iba al cementerio
lejos de toda contienda
harta de tanto improperio.
En la tumba de Rosendo
apenada me quejaba
-¡ay que mundo tan horrendo!-
mientras el pan me zampaba.
Ya en la tumba de la abuela
me limpiaba en un instante
no quería que me viera
migajas en el volante.
Mientras flores recogía,
otros nichos asaltando,
la abuela me repetía:
¡Que Dios te estará mirando!
Fue ya al final de la tarde
que el sol me besó al partir
y en la tumba de mis padres
quise quedarme dormir.
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