El aguazal y el estorbo

Antomar Alas

Poeta recién llegado
¡Argg! ¡Qué vaivén más acogedor del viento!,

ante el acelero de la vida,

cuyas penurias desaparecen bajo el utópico deseo.


Que cuando “las gentes” callan,

el horizonte se viste como azahar

y las palabras audibles huelen a silencio

volviéndose frágiles ideas.


Ni el Andira derribado

por el torrente de la quebrada,

cede su lecho a la muerte;

sino que sus dedos van siempre donde renace el celeste,

después de cada derroche de atardecer.


Su cuerpo largo y rugoso,

tendido como el llano en su último mirar,

reluce en sus heridas,

flamantes vestiduras de “hojosos” anhelos;

para llegar hasta donde por voluntad,

es arrastrado por un novedoso y único volver.


Le dicen “Anul” y es gigante luna

que despierta cuando otros decaen

por el viaje que ella misma suscita,

con bella vista de célibe y emoción soledosa.


“Las gentes”, ya no se agitan

“Las gentes” ya dormirán;

y tras de sí dejarán: un ramo de asombro

y una vaga depresión en los ojos del aguazal.
 
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