Por la guerra en Alepo
¿Quien compuso la guerra?
¿Quién implantó su régimen con reglamentos, con excesos?
¿Quién hizo rodar sus dados en la mesa?
¿Quién la hizo?
¿No se sabe, acaso, que sus dientes roen la hogaza de los días?
¿Por qué se empuja en acariciar esas barbas de Marte?
La guerra es una mujer muy dura y duradera en el dolor. Al elevarse,
como propósito por nadie previsto, hace desvestir la rutina.
Por más que le hallen razones o raíces —¡tarea desquiciante!—,
la guerra siempre dolerá. Su ruido es tan confuso, que, con desmotivo ninguno,
acalla el tictactear de los relojes.
No existe guerra pequeña, eso nunca ha ocurrido, porque siempre
será extensible su terror, prefiere desbordar con la bilis cuadriforme la hidrografía
y no fijar un pantano.
Yo le tengo miedo, ¿y quién no? ¿Acaso tú?
¿Quién no teme extraviar la palabra en su insolencia?
¿Quién o quiénes piden estar en ella? ¿Cuántos piden
bailar detrás de su rabo?
Insisto, la guerra siempre duele. Con tan solo nombrarla,
duele. Intentar olvidarla, duele. Duele porque duele. Duele
en mis pies, duele en los tuyos, duele en los del vecino. Duele en toda
las estaciones y a toda hora.
Y en los individuos detrás de ella, en el anonimato,
al parecer no les duele. Y quien ha muerto, ya no le duele.
En Alepo, la guerra le cambió los nombres a los días, por:
vacío, sima, detrimento, despojo, dureza, carcoma, olvido.
Sin importarle el territorio nominado, la guerra refrota por sus
narices cuáles huesos lustrar y
dónde escarbar el pudridero.
Nadie supo la anchura de las calles en Alepo, sino
hasta cuando el bombardero las encajonó en la ruina.
En la guerra hay un mundo, un Alepo, con un estratega ardiente
que ningún ciudadano absolvería.
¡Oh, guerra!, ¿Cómo destruirte? Quien lo
intentare,
invocaría, sin saberlo, tus mismas armas, y así habrías vencido nuevamente.