Faustgalen
Poeta recién llegado
Debiera existir una mecha de luz opalescente,
En lugar de palmas antropomorfas,
Previo al deseo, asco, amor y muerte,
Y el espejo de la realidad bajo las cabezas de los gansos,
Siempre fue la misma,
¡Y la guillotina aún sigue empapada de ese color de Marte!
¡Del feto saldrá la luz, y la ecúmene será su tumba!
Pero…¿cuántas sonrisas se han dibujado desde el trono de los arcontes?
Tras examinar con gracia, a sus fulanos posmodernos del nuevo mundo.
¡No tenemos a quién culpar de la catástrofe y cabezas de niños siguen apareciendo en bolsas para basura!
¿Acaso la mejor apología hacia una teoría de la degradación?
¡Pero nadie es el culpable!: los buenos, malos, sonrientes, poetas, albañiles, santos, doctores y diablillos chillones.
¿Se enteraron del que apuntó con un revolver a sus congéneres?
Y, gatillando a tiempo, logró romper el círculo de aquella degradación póstuma,
¡Fueron nuestros maestros los culpables!
¿Alguien escucha el martillazo, y paso lento hacia el patíbulo de los nunca condenados?
¿Qué haremos con la poesía en que creímos y los bustos mirando,
¡Fijamente a su excremento!
Pero el samsara sigue su cauce y seguimos en el cagadero de siempre,
Hasta alcanzar el nirvana,
Hasta mirar el deseo con una penosa sonrisa de muerte,
Hasta mitigar la caricia soez, muy leve, de los estúpidos,
Hasta mirar la tierra como un queso agujereado,
Donde no hay nada más que ver.
«A salvo de dios y el diablo», alguien cinceló a las cuatro de la mañana,
Y viajó ipso facto, al valle de la música y la muerte,
Donde la patria es la sonrisa perfecta de los arquetipos perdidos,
Donde la memoria es combustible del pecado,
Donde el deseo es la condena a la eternidad.
En lugar de palmas antropomorfas,
Previo al deseo, asco, amor y muerte,
Y el espejo de la realidad bajo las cabezas de los gansos,
Siempre fue la misma,
¡Y la guillotina aún sigue empapada de ese color de Marte!
¡Del feto saldrá la luz, y la ecúmene será su tumba!
Pero…¿cuántas sonrisas se han dibujado desde el trono de los arcontes?
Tras examinar con gracia, a sus fulanos posmodernos del nuevo mundo.
¡No tenemos a quién culpar de la catástrofe y cabezas de niños siguen apareciendo en bolsas para basura!
¿Acaso la mejor apología hacia una teoría de la degradación?
¡Pero nadie es el culpable!: los buenos, malos, sonrientes, poetas, albañiles, santos, doctores y diablillos chillones.
¿Se enteraron del que apuntó con un revolver a sus congéneres?
Y, gatillando a tiempo, logró romper el círculo de aquella degradación póstuma,
¡Fueron nuestros maestros los culpables!
¿Alguien escucha el martillazo, y paso lento hacia el patíbulo de los nunca condenados?
¿Qué haremos con la poesía en que creímos y los bustos mirando,
¡Fijamente a su excremento!
Pero el samsara sigue su cauce y seguimos en el cagadero de siempre,
Hasta alcanzar el nirvana,
Hasta mirar el deseo con una penosa sonrisa de muerte,
Hasta mitigar la caricia soez, muy leve, de los estúpidos,
Hasta mirar la tierra como un queso agujereado,
Donde no hay nada más que ver.
«A salvo de dios y el diablo», alguien cinceló a las cuatro de la mañana,
Y viajó ipso facto, al valle de la música y la muerte,
Donde la patria es la sonrisa perfecta de los arquetipos perdidos,
Donde la memoria es combustible del pecado,
Donde el deseo es la condena a la eternidad.