Fingal
Poeta adicto al portal
El que ama guarda la marea en las esquinas de un unicornio roto.
Maquilla en acuarela blanca las ojeras de las cartas de amor de las farolas.
Hierve en cuencos de alabastro un suero amarillo
que gotea sobre ranas hinchadas,
ranas de ojos derretidos que convierten en barro las canciones de los elfos.
El que ama
ama a los elfos cuando se desnudan para hacer la guerra.
La guerra de los elfos es de plata y hojas secas y decora septiembre en el calendario.
El que ama regala calendarios a la luna,
pero la luna ya no habla,
ni atiende,
ni recuerda que antaño brindaba en zapatillas de ballet.
Hundidas en un charco de hormigón y ceniza,
aún respiran el olor a enfermera de orfanato,
como si todavía quedara poder en los dientes.
El que ama puede doblar el humo negro y darle forma de ramas.
Desde las ramas los cuervos seducen a las amapolas,
al agua de las alcantarillas,
a los martes de frío y niebla.
El que ama muere cada martes y acoge ciervos derrotados en su tumba.
La tumba del que ama está manuscrita y arrugada.
Tiene luces navideñas de 1914, viento, ratas y arena de playa descompuesta.
El que ama tiene la cara descompuesta en un alarido de mosquitos manchados de aceite y yodo.
El que ama persigue la marea con todas las esquirlas de su voz,
como si allí quedara alguien.
Álvaro del Prado
Galapagar/Madrid, 22 de diciembre de 2016
(Revisado 8 de enero de 2017)
© Todos los derechos reservados.
Maquilla en acuarela blanca las ojeras de las cartas de amor de las farolas.
Hierve en cuencos de alabastro un suero amarillo
que gotea sobre ranas hinchadas,
ranas de ojos derretidos que convierten en barro las canciones de los elfos.
El que ama
ama a los elfos cuando se desnudan para hacer la guerra.
La guerra de los elfos es de plata y hojas secas y decora septiembre en el calendario.
El que ama regala calendarios a la luna,
pero la luna ya no habla,
ni atiende,
ni recuerda que antaño brindaba en zapatillas de ballet.
Hundidas en un charco de hormigón y ceniza,
aún respiran el olor a enfermera de orfanato,
como si todavía quedara poder en los dientes.
El que ama puede doblar el humo negro y darle forma de ramas.
Desde las ramas los cuervos seducen a las amapolas,
al agua de las alcantarillas,
a los martes de frío y niebla.
El que ama muere cada martes y acoge ciervos derrotados en su tumba.
La tumba del que ama está manuscrita y arrugada.
Tiene luces navideñas de 1914, viento, ratas y arena de playa descompuesta.
El que ama tiene la cara descompuesta en un alarido de mosquitos manchados de aceite y yodo.
El que ama persigue la marea con todas las esquirlas de su voz,
como si allí quedara alguien.
Álvaro del Prado
Galapagar/Madrid, 22 de diciembre de 2016
(Revisado 8 de enero de 2017)
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