Évano
Libre, sin dioses.
Tal vez el cielo se difunde como cuerpo,
una idea silenciosa.
Si nos entra ese aire con céfira levedad,
nos iza claros, en vuelo,
como témpano de cristal de transparencia,
y nos plena y siembra de ternube de albura,
de atemporal delibelleza.
Tal vez el cielo otorga alejamiento,
un nuevo fondo
tan denso
como el
histotiempo.
Si nos entra nos disuelve y nos impulsa
a la eternidad de un campo de reflejos
donde la ternura de nuestra memoria titila
cálida en cada
cuadrimomento.
Tal vez el cielo crea
una atmósfera de palabras insabedoras.
Conduce a una vía enamorada que embelesa,
que nos respira dorada,
que nos entiende como paraíso.
Ese aire anhela trasparencia en la palabra,
que sea soliloquio de balcones de universo
abarcando el inmenso panorama.
Desde allí te ves como espejo en la ribera,
un remero gris terminando,
despejando pormenores de la vida.
Tal vez, si respiras el aire dentro de las verjas,
en los aleros del límite,
y lo sueltas de golpe a la desnudez de los cielos,
te sientas ramilla de tierna primavera,
un límpido aéreo serenando el acierto
que te colma de harmonía,
de follajes plenos.
Tal vez te lleva el viento del insomnio amigo
a los cerros donde aletean las piedras
que necesitas remontar para serte.
Gira en la vida una fuerza que tantea
y consigue un momento tan vivo
que centellea en presente a la espera del sol.
No te des, porque el deseo de lejanos horizontes
domina el efecto del celeste imperecedero.
No seas violento celaje de fuego,
no te fundas de pronto con el sueño del viento,
no incendies firmamentos,
no cerques el misterio del ser supremo
que nos espera detrás de las verjas
con las llaves de un cielo que está,
tal vez, en tu cuerpo.
Nunca seas vale de cese del aire,
un desaliento de fe.
una idea silenciosa.
Si nos entra ese aire con céfira levedad,
nos iza claros, en vuelo,
como témpano de cristal de transparencia,
y nos plena y siembra de ternube de albura,
de atemporal delibelleza.
Tal vez el cielo otorga alejamiento,
un nuevo fondo
tan denso
como el
histotiempo.
Si nos entra nos disuelve y nos impulsa
a la eternidad de un campo de reflejos
donde la ternura de nuestra memoria titila
cálida en cada
cuadrimomento.
Tal vez el cielo crea
una atmósfera de palabras insabedoras.
Conduce a una vía enamorada que embelesa,
que nos respira dorada,
que nos entiende como paraíso.
Ese aire anhela trasparencia en la palabra,
que sea soliloquio de balcones de universo
abarcando el inmenso panorama.
Desde allí te ves como espejo en la ribera,
un remero gris terminando,
despejando pormenores de la vida.
Tal vez, si respiras el aire dentro de las verjas,
en los aleros del límite,
y lo sueltas de golpe a la desnudez de los cielos,
te sientas ramilla de tierna primavera,
un límpido aéreo serenando el acierto
que te colma de harmonía,
de follajes plenos.
Tal vez te lleva el viento del insomnio amigo
a los cerros donde aletean las piedras
que necesitas remontar para serte.
Gira en la vida una fuerza que tantea
y consigue un momento tan vivo
que centellea en presente a la espera del sol.
No te des, porque el deseo de lejanos horizontes
domina el efecto del celeste imperecedero.
No seas violento celaje de fuego,
no te fundas de pronto con el sueño del viento,
no incendies firmamentos,
no cerques el misterio del ser supremo
que nos espera detrás de las verjas
con las llaves de un cielo que está,
tal vez, en tu cuerpo.
Nunca seas vale de cese del aire,
un desaliento de fe.