INTERLUDIOS DE LUNA LLENA
INTERLUDIO EN EL DESIERTO
Las suaves manos del viento
moldean las curvas sensuales de las dunas
La luna juega con ellas y les brotan
gemidos y armonías en claroscuro.
El ligero soplo del viento
como un contrapunto azul
esparce melodías de nieve
enredadas en la arena femenina.
El desierto es el espejo
donde se mira la luna
como en un pozo de silencio
arrullada por la arena que camina.
INTERLUDIO EN LA MAR EN CALMA
La luna se hace cachitos como puñales de nácar
cuando se entrega a la mar en calma.
La luna juega a ser muchas sobre las olas que danzan.
Es la luna espejo roto para una sola mirada.
Hay barquitos que navegan en la noche
con su marinerito de ébano,
marinero con perfume de patera
que se adormece en esa cuna de plata.
También se estremece la luna
con el paquebote inmenso lleno de música airada
con turistas que amanecen llenos de alcohol y guirnaldas
que dejaron pasar la noche sin ver esa luna colgada.
INTERLUDIO EN LA CIUDAD CALLADA
En las ciudades antiguas, sobre calzadas de piedra
y fachadas blasonadas, se adelgazan los reflejos de la luna
al llegar la madrugada, cuando empiezan los vencejos
a cortar los aires en calma.
Detrás de la frondosa hiedra, junto a la luz temblorosa
de una lámpara, lloran los claros ojos de una dama.
La luna se pierde en ellos y se convierte en fugaz lágrima.
La luna funde en su luz misterios del amor sin llama.
En la plaza recoleta, desierta de los infantiles juegos
la luna busca un convento,
golosa de sus alfajores, pestiños y bienmesabes.
La luna, esa niña grande, que aún no conoce pesares.