Old Soul
Poeta adicto al portal
Los jóvenes del siglo XXI, esos niños del siglo XX, adoran “ser diferentes”. Distinguirse entre los otros, despuntar por extraños, llevar hasta el absurdo un extremado individualismo que, la mayoría, en otra época, no hubiera tenido. Quieren despuntar, sobre todo, ante sus amigos, que estos les distingan de ellos, y de todos; “ser distintos”.
Un tío mío, amable e inquieto viejo, me contó hace tiempo, una noche, apiadado, que hace ya más de cincuenta años, en un tiempo que escapa de mi experiencia, los jóvenes imitaban a los viejos en su forma de vestir y en su habla, en sus modales y protocolos, tratando de imitar esa sabiduría que sólo dan los años. Pero que, por el contrario, hoy en día, y ya desde mi generación, los jóvenes desdeñan de los viejos, repudiando, prácticamente y por sistema, cualquier conocimiento que venga de ellos.
Me lo dijo sumamente triste, apiadado de nosotros, sus jóvenes, y con pena me expresó, sin esperar respuesta: “Y tienen razón, pues. ¿Qué puede decirle hoy en día un viejo a un joven que le sirva? ¿Si nuestro mundo ya no existe, si no conocemos el de ahora?”
Y yo, que me encuentro entre esa edad que ni soy joven ni viejo, pienso que todos están equivocados, los jóvenes; y mi viejo y querido tío.
Porque no es cierto que no se pueda aprender de los viejos, pues siempre se puede aprender de la experiencia ajena, como yo, sin ir más lejos, aún joven, aprendí de él, un viejo, esa misma noche, cuán rápido corren ahora los cambios. Pues, sin su perspectiva, no me hubiera acercado a la verdadera comprensión de este hecho.
Los jóvenes del siglo XXI, y ya nosotros, o la mayoría, del siglo XX, no entienden que el extremo es un absurdo. Que quieren ser totalmente dispares, distinguidos, ser completamente distintos ante sus amigos, incluso, por ello, por abanderar lo extraño, conseguir más amigos. Sin saber que la amistad, por definición, es la relación de iguales, que cuanto más desigual seas menos amigos encuentras, que al distinto, desde siempre, simplemente se le margina, se le aparta, se le aísla y se le marca.
Y es que la mayoría de esos jóvenes no saben que “los raros” no solemos tener amigos, que para contarlos no es que nos falten dedos, es que nos sobran pies y manos, que tu soledad es tan grande como incomprendido seas, y que esta o nos acompaña o nos quita la vida, que también lloramos, aunque nadie nos vea, que, los que nos atrevemos aún así vivir, comemos más palos que cariño, que la gente se nos aparta, que confunden hasta nuestras miradas, que muchos nos golpean en grupo, si les es posible... Que, “los raros”, vivimos raro, o, comúnmente, de una forma u otra, nos quitamos la vida.
Dice mi viejo tío que ahora lo tenemos más complicado, que antes era más sencillo, ir a la plaza del pueblo a imitar a los llamados hombres, aprender sus ademanes y formas, su ética y palabra; y tal vez en ello tenga razón. Antes el protocolo social era más sencillo, más definido. Sin embargo, yo ahora veo una suerte que así sea; que haya cambiado. Pues, todo tiene un lado bueno; todo.
Y es que, poco a poco (muy poco a poco), se está matando el viejo, y aborrecible, “qué dirán”. Pues si ahora te gusta tener el pelo azul, te lo tiñes, si te gusta el color rosa, lo vistes, si no te gusta la Coca-Cola, lo dices, si te gustan los hombres, y las mujeres también, con ellos follas; y ya está.
Es cierto que vivimos actualmente en un mundo vertiginoso, que cada dos días tenemos tres nuevas tragedias mundiales, dos nuevas enfermedades, siete nuevos hallazgos científicos, mil inventos y tenemos que aprender, de nuevo, a usar alguna aplicación informática que se ha “actualizado”. Pero toda evolución necesita de alguna necesidad para que se realice el cambio; de alguna adversidad.
Y es que el cambio es sinónimo de “evolución”, y, cuanto más grande sea el cambio para adaptarse al medio, mayor es la evolución.
Y ello ocurre, pues ni antes era más fácil ni los jóvenes ahora son más “raros”, simplemente, estamos evolucionando, no más; pues el tiempo todo lo cambia.
Un tío mío, amable e inquieto viejo, me contó hace tiempo, una noche, apiadado, que hace ya más de cincuenta años, en un tiempo que escapa de mi experiencia, los jóvenes imitaban a los viejos en su forma de vestir y en su habla, en sus modales y protocolos, tratando de imitar esa sabiduría que sólo dan los años. Pero que, por el contrario, hoy en día, y ya desde mi generación, los jóvenes desdeñan de los viejos, repudiando, prácticamente y por sistema, cualquier conocimiento que venga de ellos.
Me lo dijo sumamente triste, apiadado de nosotros, sus jóvenes, y con pena me expresó, sin esperar respuesta: “Y tienen razón, pues. ¿Qué puede decirle hoy en día un viejo a un joven que le sirva? ¿Si nuestro mundo ya no existe, si no conocemos el de ahora?”
Y yo, que me encuentro entre esa edad que ni soy joven ni viejo, pienso que todos están equivocados, los jóvenes; y mi viejo y querido tío.
Porque no es cierto que no se pueda aprender de los viejos, pues siempre se puede aprender de la experiencia ajena, como yo, sin ir más lejos, aún joven, aprendí de él, un viejo, esa misma noche, cuán rápido corren ahora los cambios. Pues, sin su perspectiva, no me hubiera acercado a la verdadera comprensión de este hecho.
Los jóvenes del siglo XXI, y ya nosotros, o la mayoría, del siglo XX, no entienden que el extremo es un absurdo. Que quieren ser totalmente dispares, distinguidos, ser completamente distintos ante sus amigos, incluso, por ello, por abanderar lo extraño, conseguir más amigos. Sin saber que la amistad, por definición, es la relación de iguales, que cuanto más desigual seas menos amigos encuentras, que al distinto, desde siempre, simplemente se le margina, se le aparta, se le aísla y se le marca.
Y es que la mayoría de esos jóvenes no saben que “los raros” no solemos tener amigos, que para contarlos no es que nos falten dedos, es que nos sobran pies y manos, que tu soledad es tan grande como incomprendido seas, y que esta o nos acompaña o nos quita la vida, que también lloramos, aunque nadie nos vea, que, los que nos atrevemos aún así vivir, comemos más palos que cariño, que la gente se nos aparta, que confunden hasta nuestras miradas, que muchos nos golpean en grupo, si les es posible... Que, “los raros”, vivimos raro, o, comúnmente, de una forma u otra, nos quitamos la vida.
Dice mi viejo tío que ahora lo tenemos más complicado, que antes era más sencillo, ir a la plaza del pueblo a imitar a los llamados hombres, aprender sus ademanes y formas, su ética y palabra; y tal vez en ello tenga razón. Antes el protocolo social era más sencillo, más definido. Sin embargo, yo ahora veo una suerte que así sea; que haya cambiado. Pues, todo tiene un lado bueno; todo.
Y es que, poco a poco (muy poco a poco), se está matando el viejo, y aborrecible, “qué dirán”. Pues si ahora te gusta tener el pelo azul, te lo tiñes, si te gusta el color rosa, lo vistes, si no te gusta la Coca-Cola, lo dices, si te gustan los hombres, y las mujeres también, con ellos follas; y ya está.
Es cierto que vivimos actualmente en un mundo vertiginoso, que cada dos días tenemos tres nuevas tragedias mundiales, dos nuevas enfermedades, siete nuevos hallazgos científicos, mil inventos y tenemos que aprender, de nuevo, a usar alguna aplicación informática que se ha “actualizado”. Pero toda evolución necesita de alguna necesidad para que se realice el cambio; de alguna adversidad.
Y es que el cambio es sinónimo de “evolución”, y, cuanto más grande sea el cambio para adaptarse al medio, mayor es la evolución.
Y ello ocurre, pues ni antes era más fácil ni los jóvenes ahora son más “raros”, simplemente, estamos evolucionando, no más; pues el tiempo todo lo cambia.