dark-maiden
Poeta fiel al portal
Rodea su cuerpo con la brisa del mar,
broncea su rostro con las llamas del sol.
Eleva sus ojos hacia el caos y el dolor,
pero ella sigue firme sosteniendo el honor.
Arrojó las riquezas a la vertiente del caudal,
donde el cadáver se amo yacía mutilado
con su coraza y estandarte de guerrero.
Murió el amo y con él, su esclavitud.
Liberta por el edicto de la muerte,
esa eterna diosa que la guiaría por valles
de cadáveres y ríos desbordados de sangre.
Cogió las riendas del caballo,
mientras exhalaba el aliento de la vida.
Nemesis se apiadó de sus llagas, de las cadenas,
de sus blancas muñecas, de la sombra que
inundaba su pulcra existencia.
¿Dónde estaban ellas cuando ellos
jugaban a desafiar al destino?
Preparando epitafios, abrazando a sus hijos,
rezando sus últimos ruegos antes de que
la estulticia de los hombres les arrancara sus días.
En la guerra es un héreo quien más vidas desaloja,
quien conquista un puñado de piedras,
a cambio de una estatua de mimbre.
Nadie bajo el dominio del miedo se atreve
a reconocer a aquellas obligadas a presenciar
un espectáculo de metales, del que nunca
se les permitió tomar parte.
Ellos mueren, pero ellas nacen muertas.
Esperando en sus domus, hasta que
Caronte les exija sus tributos.
Lydia camina hacia un mundo ya vivido,
abriéndose paso entre caballos y brazos.
Algún día su nombre se perdería en el foso
de la historia, hasta que la justicia la rescatara
para recordar a aquellas mujeres vendidas
como alfombras en las plazas de la Antigüedad.
broncea su rostro con las llamas del sol.
Eleva sus ojos hacia el caos y el dolor,
pero ella sigue firme sosteniendo el honor.
Arrojó las riquezas a la vertiente del caudal,
donde el cadáver se amo yacía mutilado
con su coraza y estandarte de guerrero.
Murió el amo y con él, su esclavitud.
Liberta por el edicto de la muerte,
esa eterna diosa que la guiaría por valles
de cadáveres y ríos desbordados de sangre.
Cogió las riendas del caballo,
mientras exhalaba el aliento de la vida.
Nemesis se apiadó de sus llagas, de las cadenas,
de sus blancas muñecas, de la sombra que
inundaba su pulcra existencia.
¿Dónde estaban ellas cuando ellos
jugaban a desafiar al destino?
Preparando epitafios, abrazando a sus hijos,
rezando sus últimos ruegos antes de que
la estulticia de los hombres les arrancara sus días.
En la guerra es un héreo quien más vidas desaloja,
quien conquista un puñado de piedras,
a cambio de una estatua de mimbre.
Nadie bajo el dominio del miedo se atreve
a reconocer a aquellas obligadas a presenciar
un espectáculo de metales, del que nunca
se les permitió tomar parte.
Ellos mueren, pero ellas nacen muertas.
Esperando en sus domus, hasta que
Caronte les exija sus tributos.
Lydia camina hacia un mundo ya vivido,
abriéndose paso entre caballos y brazos.
Algún día su nombre se perdería en el foso
de la historia, hasta que la justicia la rescatara
para recordar a aquellas mujeres vendidas
como alfombras en las plazas de la Antigüedad.