Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Oléis la miseria. Aparecéis cuando más hundido está nuestro mundo, como un reflejo de todo lo nauseabundo que se nos mueve por dentro. Lleváis la peste de la derrota tejida en las alas.
- ¿No veis lo molestas que sois? ¿Por qué tenéis que restregarme por las narices lo que intento olvidar o cambiar?
Matas a una y surgen tres. A veces pienso que nacéis de la luz. En algún momento, la luz se pudre sobre las superficies y gotea en forma de moscas. Mi casa empieza a convertirse en vuestro antro habitual.
- ¿Acaso echáis de menos otros lugares también? Lugares que jamás habéis visto en realidad, olores que no encontráis en ninguna parte. Este apartamento es mi refugio: una garganta fuera del espacio y el tiempo que engulle los estímulos externos para enmudecerlos. ¡Vosotras sois el único cáncer aquí! ¡Sois la ruina de lo real que se empeña en colonizarlo todo por su alergia a la paz! Escupís sobre los colores y los hechizos paganos y, derretidos bajo vuestra saliva corrosiva, los tragáis como si no fuesen más que migajas. ¡Estáis devorando poco a poco lo sagrado! Entráis por las rendijas a empellones y sembráis vuestros huevos virulentos tras los muebles. Os hacéis inmortales para que no olvide donde estoy ni lo que soy ahora.
Vuestros miles de ojos carecen de vida. Son cristalitos pegajosos. Os mato y os gusta; morir es fácil, más fácil que revolotear sin rumbo entre las órbitas de preguntas con respuestas lacerantes. Acudís a mí, convertiríais a cualquiera en verdugo. Lo único que os queda es esta adrenalina. Escapáis y regresáis al instante. ¿Vosotras también encontráis frustrante vuestra naturaleza? «Somos tus demonios, tus pesadillas, tus lamentos». En vuestros zumbidos se escucha el dogma que se os injertó en el periodo larval y que comprendería el único vocabulario de vuestra breve existencia. El lenguaje crea la verdad y estáis atadas a ese mantra mecánico.
Por eso os abalanzáis sobre mí. «Mátanos. Protege la santidad de este refugio. ¿O acaso te rendirás? Ríndete o mátanos». Diríais eso si supieseis, pero el Dios macabro que os creó sólo metió unas pocas palabras en vuestra cajita sensorial. Murmuráis súplicas y bravuconadas con mímica.
No me dejaréis ni un instante a solas. Me hacéis mirar por la ventana y ver la boa colosal de acero, piedra y luces de neón que se arrastra suave y casi imperceptiblemente sobre lo que antes pertenecía a criaturas más antiguas, ya extintas o moribundas. Servís a esa bestia que jamás está satisfecha. ¿Acaso pretendéis que me incline ante ella, que deje que me bautice con aceite de motor y drene mis flujos de placer?
«Mátanos entonces. Pero no importa cuántos cadáveres de moscas claves en la fachada del edificio como muestra de rebeldía: Baba-Yaga, ya no perteneces a las tierras legendarias que te temían y adoraban. Ese ni siquiera es ya tu nombre, sólo lo sueñas. Y tus hechizos… ¿crees de verdad que funcionarían contra la magia nigromántica de las drogas de diseño, las luces multicolores, los callejones alfombrados de semen y sangre o las fotografías que te mantienen en la cumbre al esnifarlas?»
Sé que no decís nada. Me lo digo yo misma. Vosotras sólo sabéis volar y morir.
- ¿No veis lo molestas que sois? ¿Por qué tenéis que restregarme por las narices lo que intento olvidar o cambiar?
Matas a una y surgen tres. A veces pienso que nacéis de la luz. En algún momento, la luz se pudre sobre las superficies y gotea en forma de moscas. Mi casa empieza a convertirse en vuestro antro habitual.
- ¿Acaso echáis de menos otros lugares también? Lugares que jamás habéis visto en realidad, olores que no encontráis en ninguna parte. Este apartamento es mi refugio: una garganta fuera del espacio y el tiempo que engulle los estímulos externos para enmudecerlos. ¡Vosotras sois el único cáncer aquí! ¡Sois la ruina de lo real que se empeña en colonizarlo todo por su alergia a la paz! Escupís sobre los colores y los hechizos paganos y, derretidos bajo vuestra saliva corrosiva, los tragáis como si no fuesen más que migajas. ¡Estáis devorando poco a poco lo sagrado! Entráis por las rendijas a empellones y sembráis vuestros huevos virulentos tras los muebles. Os hacéis inmortales para que no olvide donde estoy ni lo que soy ahora.
Vuestros miles de ojos carecen de vida. Son cristalitos pegajosos. Os mato y os gusta; morir es fácil, más fácil que revolotear sin rumbo entre las órbitas de preguntas con respuestas lacerantes. Acudís a mí, convertiríais a cualquiera en verdugo. Lo único que os queda es esta adrenalina. Escapáis y regresáis al instante. ¿Vosotras también encontráis frustrante vuestra naturaleza? «Somos tus demonios, tus pesadillas, tus lamentos». En vuestros zumbidos se escucha el dogma que se os injertó en el periodo larval y que comprendería el único vocabulario de vuestra breve existencia. El lenguaje crea la verdad y estáis atadas a ese mantra mecánico.
Por eso os abalanzáis sobre mí. «Mátanos. Protege la santidad de este refugio. ¿O acaso te rendirás? Ríndete o mátanos». Diríais eso si supieseis, pero el Dios macabro que os creó sólo metió unas pocas palabras en vuestra cajita sensorial. Murmuráis súplicas y bravuconadas con mímica.
No me dejaréis ni un instante a solas. Me hacéis mirar por la ventana y ver la boa colosal de acero, piedra y luces de neón que se arrastra suave y casi imperceptiblemente sobre lo que antes pertenecía a criaturas más antiguas, ya extintas o moribundas. Servís a esa bestia que jamás está satisfecha. ¿Acaso pretendéis que me incline ante ella, que deje que me bautice con aceite de motor y drene mis flujos de placer?
«Mátanos entonces. Pero no importa cuántos cadáveres de moscas claves en la fachada del edificio como muestra de rebeldía: Baba-Yaga, ya no perteneces a las tierras legendarias que te temían y adoraban. Ese ni siquiera es ya tu nombre, sólo lo sueñas. Y tus hechizos… ¿crees de verdad que funcionarían contra la magia nigromántica de las drogas de diseño, las luces multicolores, los callejones alfombrados de semen y sangre o las fotografías que te mantienen en la cumbre al esnifarlas?»
Sé que no decís nada. Me lo digo yo misma. Vosotras sólo sabéis volar y morir.