Mi pueblo 3

Alonso Vicent

Poeta veterano en el portal
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casas, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

Un par de plazoletas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.
 
Última edición:
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

De momento dos plazas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.

Muchos kilómetros en un fantástico poema, Alonso,
pueblos que te han visto correr detrás
y delante de la vida...
Estaba pensando que cuando llegue la tercera juventud
te espera La Maurada;)

Un abrazo, amigo entero,con aires de campo
 
Estos espléndidos versos han andado por muchos pueblos Vicent, es un viaje por ellos, por los grandes y por los chiquitos y en ese largo paseo todo ha ido creciendo.En tu poema el tiempo es uno de los protagonistas, habla de como va transcurriendo, es el el que nos moldea y nos define. La cuarta estrofa me ha parecido genial, una buena sensación la de esa fiesta en pleno mes de enero. Fantástico ese pueblo de dos plazas y una cordillera, como no me gusta hablar del futuro ni planificar me quedo con el presente de tu poema y su recorrido.
Miles de Abrazos :)y gracias por compartirlo
 
Una melancólica mirada cargada de recuerdos alcanzando la vida por completo en un poema que va dejando el camino andado por esos pueblos desde donde rescatas esos destacados detalles que reafirman los instantes imborrables de tu existencia. Qué bella es la vida Alonso y más cuando regala el arte que admiro. Me ha encantado tu poema, te dejo un saludo y gran abrazo.

Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

De momento dos plazas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

De momento dos plazas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.
Te quedo muy bonito Alonso, me gustó el ritmo en tu tren de vida y cada uno de los pueblos en que ella ocurrió, felicitaciones hermano, un saludo con afecto.
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

De momento dos plazas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.



Tu pueblo tiene historia, y le queda otra tanta, eres un buen alumno de la vida, mi muy apreciado compañero.Es un placer siempre leerte en ese paseo por "tu pueblo" ...me gustó acompañarte Poeta. Gracias por tu arte.
Un abrazo desde mi pueblo con sabor a sal.
Isabel


Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.
 
Muchos kilómetros en un fantástico poema, Alonso,
pueblos que te han visto correr detrás
y delante de la vida...
Estaba pensando que cuando llegue la tercera juventud
te espera La Maurada;)

Un abrazo, amigo entero,con aires de campo
Cuatro pueblos cuento y sin embargo el quinto, que no es ni pueblo, es el que considero como mío. Esa es mi "Maurada" personal, y siempre en obras para esta segunda y tercera juventud, je je je. Vamos a ver si para finales de semana hacemos la mudanza. Ya te cuento.
Un abrazote de momento y un par de steinburgs bien frías, amiga entera… o unos “cafeses”.
 
Estos espléndidos versos han andado por muchos pueblos Vicent, es un viaje por ellos, por los grandes y por los chiquitos y en ese largo paseo todo ha ido creciendo.En tu poema el tiempo es uno de los protagonistas, habla de como va transcurriendo, es el el que nos moldea y nos define. La cuarta estrofa me ha parecido genial, una buena sensación la de esa fiesta en pleno mes de enero. Fantástico ese pueblo de dos plazas y una cordillera, como no me gusta hablar del futuro ni planificar me quedo con el presente de tu poema y su recorrido.
Miles de Abrazos :)y gracias por compartirlo
"Sant Antoni"... Y cuántas fiestas patronales en pleno mes de enero. Se pasaron bien.
"Pero puestos a elegir" me quedo con el pueblo cordillera, el último y en construcción. Pero voy a cambiar el verso de "las dos plazas" porque es un poco confuso; yo quería referirme a dos plazoletas, las plazas o aforo son muchas más, je je... Habrá que limitarlas, ja ja ja.
En el presente nos quedamos y en uno u otro pueblo nos vemos.
Un abrazote, amigota Valentina, y hasta pronto.
 
Una melancólica mirada cargada de recuerdos alcanzando la vida por completo en un poema que va dejando el camino andado por esos pueblos desde donde rescatas esos destacados detalles que reafirman los instantes imborrables de tu existencia. Qué bella es la vida Alonso y más cuando regala el arte que admiro. Me ha encantado tu poema, te dejo un saludo y gran abrazo.
Fui de una capital a una villa, de la villa a un pueblo, del pueblo a una aldea y de la aldea a un pueblo-país-territorio diminuto pero que considero mi lugar; si me espero un poco más me quedo sin nada, je je je.
De todas partes traemos buenos recuerdos y vivencias, y esperemos que siga enriqueciéndonos el contacto del lugar que nos albergue.
Mil gracias siempre, estimada Nancy, y, aquí o allá, que no se borren los recorridos que nos trajeron.
Un enorme abrazote antes de subir a mi pueblo.
 
Te quedo muy bonito Alonso, me gustó el ritmo en tu tren de vida y cada uno de los pueblos en que ella ocurrió, felicitaciones hermano, un saludo con afecto.
De pueblo en pueblo y de circunstancia en circunstancia. Llegó la época de elegir y yo elegí un pueblo-país en el que volcar mi proyecto.
Un abrazote hermano y nos vemos a la vuelta a la Tierra, que será por septiembre.
 
Tu pueblo tiene historia, y le queda otra tanta, eres un buen alumno de la vida, mi muy apreciado compañero.Es un placer siempre leerte en ese paseo por "tu pueblo" ...me gustó acompañarte Poeta. Gracias por tu arte.
Un abrazo desde mi pueblo con sabor a sal.
Isabel


Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.
Historia tienen estos pueblos, aunque se pierda en los tiempos de los tiempos; pero nos llegaron sus ecos.
El pueblo que he elegido como mío, a pesar de no ser un pueblo, simplemente era una finca de montaña con un refugio para los pastores. Pero de ahí han ido surgiendo, pequeñas casas abrigo, callejuelas sendero y alguna que otra pequeña plaza… que en montaña es muy difícil allanar los terrenos, je je.
Qué buena la compañía, Isabel.
Te mando un abrazote hasta tu pueblo con sabor a sal desde estos terrenos que ya mudan el azahar por unos pequeños frutos verdes que nos darán trabajo a la campaña próxima.

Nos vemossss…
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

Un par de plazoletas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.
Excelente forma de narrar los pasos, las vivencias, las distancias y las marcas de los momentos. Y sobre todo, las mudanzas de piel que con cada año nos cuentas...
¿Verdad que si miras, por la rapidez y sin darte cuenta, es como haberlo hecho a caballo? Como una película de las de antes que iban cámara rápida, con movimientos casi robotizados de los protagonistas...Con todo Vicent, tu película, tu historia, es excelente.
Ya sabes Llanero que yo te doy el oscar...
Besos desde Atlantic citi
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

Un par de plazoletas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.

Mi querido Alonso, me has enseñado que tú eres el pueblo, tú haces de tu vida un pueblo donde habitar, eso sí que es maravilloso, tu alma no tiene ataduras y vas plantando recuerdos por donde pasas, preciosa forma de ver la vida, tus nómada letras me han llevado por tu geografía personal.
Un abrazo querido Poeta
Carmen
 
Excelente forma de narrar los pasos, las vivencias, las distancias y las marcas de los momentos. Y sobre todo, las mudanzas de piel que con cada año nos cuentas...
¿Verdad que si miras, por la rapidez y sin darte cuenta, es como haberlo hecho a caballo? Como una película de las de antes que iban cámara rápida, con movimientos casi robotizados de los protagonistas...Con todo Vicent, tu película, tu historia, es excelente.
Ya sabes Llanero que yo te doy el oscar...
Besos desde Atlantic citi
Je, je, a pie y a caballo seguimos montando esta historia, y espero que se hayan acabado ya las mudanzas… aunque nunca se sabe. Bueno, sí que lo sé; el fin de semana mudanza, con todos los trastos, animales y utensilios para apañárnoslas los próximos meses en ese pueblo cordillera.
Me llevo tu Oscar allí y lo colocaré en la casita-comedor, je je je.
Besos, chicharrera, hasta Atlantic citi… oyeahh…
 
Mi querido Alonso, me has enseñado que tú eres el pueblo, tú haces de tu vida un pueblo donde habitar, eso sí que es maravilloso, tu alma no tiene ataduras y vas plantando recuerdos por donde pasas, preciosa forma de ver la vida, tus nómada letras me han llevado por tu geografía personal.
Un abrazo querido Poeta
Carmen
Algo de tu tierra se instaló en mi vida y en un piso de alquiler hace “tropocientos” años, y ahora aquí andamos haciendo pueblo y el pueblo haciéndonos sus habitantes.
Un abrazote, Carmen, y mil gracias por habitar por estos parajes.
 
Cómo alinear todo nuestro universo en unos versos? Qué tarea díficil, sin embargo tú sales airoso porque te lo permite el oficio de artesano de las palabras, así con esa fina técnica y a la vez la sencillez que caracteriza a tus letras.
Un abrazo compañero...te presiento un buenazo como se le dice a la gente como tú por aquí, contame como se le dice por ahí a las personas que se nota a lo lejos que son de buena madera.
Un abrazo.
 
Última edición:
Ahh preciosos versos Alonso, cuántas cosas habrán visto tus ojos peregrinos, miles de historias por contar entre verso y verso, un enorme placre leerte, besos.
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

Un par de plazoletas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.
Largo viaje llevas ya realizado a través del espacio y del tiempo, amigo Alonso. Muy buena descripción de los hechos y de tus sentires al presentarse.
Estética la forma elegida, en perfectos cuartetos alejandrinos con sus medidos hemistiquios de 7 + 7, rematados por un heptásilabo rimado con el antepenúltimo verso. Mis aplausos y felicitación por todo ello.
Te envío un fuerte abrazo, querido amigo, hombre de campo, y amigo de la naturaleza, y suerte en la próxima mudanza, jaja.
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casa, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

Un par de plazoletas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.


Así que has hecho la inversión, a medida que vas "creciendo" la vida te ha ido llevando a lugares más pequeños... es curioso porque la mayoría se va trasladando de pueblo a ciudad.
Me gusta mucho el modo en el que vas describiendo las etapas de la vida y el acercamiento paulatino a la madre naturaleza tan necesaria para el equilibrio.

Un abrazo y feliz verano!!

Palmira
 
Cómo alinear todo nuestro universo en unos versos? Qué tarea díficil, sin embargo tú sales airoso porque te lo permite el oficio de artesano de las palabras, así con esa fina técnica y a la vez la sencillez que caracteriza a tus letras.
Un abrazo compañero...te presiento un buenazo como se le dice a la gente como tú por aquí, contame como se le dice por ahí a las personas que se nota a lo lejos que son de buena madera.
Un abrazo.
Holaaa Malena a la vuelta de mi poblado cordillera. Solo han sido unos meses de nada (se me hicieron cortos), y ahora vuelta a la normalidad y al trabajo.
Por aquí tambien se llama "buenazo" o "bonachón", pero que conste que yo, a veces, soy hasta malo, je je je.
Muchas gracias, Malena, y un agrazote de parte de este jornalero aficionado a escribir en viejas libretas y papeles sueltos
 
Ahh preciosos versos Alonso, cuántas cosas habrán visto tus ojos peregrinos, miles de historias por contar entre verso y verso, un enorme placre leerte, besos.
Muchas gracias, Mariposa, por pasar por este barrio de letras y acompañarme entre líneas y entre pueblos.
Un abrazote a la vuelta al cole, que a mi edad es nada más y nada menos que la vuelta al trabajo.
 
Largo viaje llevas ya realizado a través del espacio y del tiempo, amigo Alonso. Muy buena descripción de los hechos y de tus sentires al presentarse.
Estética la forma elegida, en perfectos cuartetos alejandrinos con sus medidos hemistiquios de 7 + 7, rematados por un heptásilabo rimado con el antepenúltimo verso. Mis aplausos y felicitación por todo ello.
Te envío un fuerte abrazo, querido amigo, hombre de campo, y amigo de la naturaleza, y suerte en la próxima mudanza, jaja.
Hola José, que ya estamos de nuevo de vuelta, mudanza incluida, y con ganas de letras y de poemas.
Se acabó lo bueno aunque no me quejo del resto, que hay que trabajar; al menos unas cuantas campañas de naranja más, je je.
Salieron así estas estrofas, con un pie quebrado al final. Empecé con la idea de hacer un soneto, pero me salió respondón el poema, je je.
Mil gracias, amigo José, y voy a ver qué se cuece por este mundo que llevaba olvidado una semana.
Un abrazote.
 
Así que has hecho la inversión, a medida que vas "creciendo" la vida te ha ido llevando a lugares más pequeños... es curioso porque la mayoría se va trasladando de pueblo a ciudad.
Me gusta mucho el modo en el que vas describiendo las etapas de la vida y el acercamiento paulatino a la madre naturaleza tan necesaria para el equilibrio.

Un abrazo y feliz verano!!

Palmira
Y seguimos invirtiendo en esas pequeñas cosas que te regalan la luz del sol, un descanso reparador, la proximidad de los habitantes del lugar (animales serranos) y de los que vienen (humanos en su mayor parte).
De mi pueblo vengo, Palmira, pequeño y unifamiliar… pero siempre lleno de vida.
El día que acabemos de construirlo será por causas ajenas a la empresa… y a la vida.
Feliz casi otoño, antes de incorporarnos a la próxima campaña citrícola, que nos ocupará unos ocho meses.
Un abrazote.
 
Holaaa Malena a la vuelta de mi poblado cordillera. Solo han sido unos meses de nada (se me hicieron cortos), y ahora vuelta a la normalidad y al trabajo.
Por aquí tambien se llama "buenazo" o "bonachón", pero que conste que yo, a veces, soy hasta malo, je je je.
Muchas gracias, Malena, y un agrazote de parte de este jornalero aficionado a escribir en viejas libretas y papeles sueltos
Ja ja entonces somos dos...es que los más tranquilos también tenemos los nuestro. Quién no?
Un abrazo y qué bueno que andes por aquí.
 
Ja ja entonces somos dos...es que los más tranquilos también tenemos los nuestro. Quién no?
Un abrazo y qué bueno que andes por aquí.
No me quedaba otra, tenía que volver al trabajo y a la tierra en sus dos acepciones: al planeta Tierra y a la tierra en que trabajo entre naranjos. Espero que no se haga muy larga esta campaña... siete meses seguro.
Otro abrazote hasta esas costas que esperan la primavera.
 
tu vida se abre ante un lienzo.... y le das tus pinceladas....y pintas los pueblis, la visa, el día a dia. y como una falla que se quema y se renueva, tus pasos lo hacen igual.... Has dibujado en letras un perfecto cuadro.... desde la infancua a la madurez... y siento la olor de la pólvora.
Un abrazo paisano
 
Aunque ésta onomatopeya no es una expresión muy poética permita que la escriba con admiración hacia sus magníficas letras "woooow". Su poema ha calado muy Ondo, quizás porque crecí en un pueblo parecido y ya hace muchos años que no he vuelto, aunque mis recuerdos y vivencias estén allí. Felicitaciones compañero
 
tu vida se abre ante un lienzo.... y le das tus pinceladas....y pintas los pueblis, la visa, el día a dia. y como una falla que se quema y se renueva, tus pasos lo hacen igual.... Has dibujado en letras un perfecto cuadro.... desde la infancua a la madurez... y siento la olor de la pólvora.
Un abrazo paisano
Cuánto tiempo sin leer este poema, paisana. Qué ganas tengo de que se acabe la campaña de naranjas, de que se relajen las medidas de desplazamientos y de poder marcharme a este propio pueblo que seguirá en construcción mientras aguante el cuerpo y el espíritu (si es que existe esto último).
Nos quedamos sin fallas (no recordamos casi el olor de la pólvora) y ahora sin Pascuas. Pero se agradece el recorrido y tu presencia.
Un gran abrazo desde la Costera.
 
Aunque ésta onomatopeya no es una expresión muy poética permita que la escriba con admiración hacia sus magníficas letras "woooow". Su poema ha calado muy Ondo, quizás porque crecí en un pueblo parecido y ya hace muchos años que no he vuelto, aunque mis recuerdos y vivencias estén allí. Felicitaciones compañero
A mí me pasó lo contrario. Nací en la capital de la provincia, me crié en una villa industrial, me mudé a una aldea y ahora mi pueblo son tres pequeñas casas que he ido construyendo en la montaña; aislado pero a un tiro de piedra de la civilización.
Muchas gracias, Humanidad; y no dudes en visitar esas raíces y esas vivencias que quedaron en un pueblo que nunca se olvida. Somos pueblo, me gusta decir.
Un abrazo, compañero.
 
Siempre viví mis pueblos como una circunstancia,
como una estancia propia en la que darse a luz;
no escondí la cabeza, no soy un avestruz,
solo aligeré el paso, transcurso de la infancia,
al viento la testuz.

Mi primera visión se pierde en la distancia;
lactancia en una cama de hospital y al trasluz;
capital de provincia, petardos y arcabuz,
moros, cristianos, Fallas, valga la redundancia,
y alguna cara o cruz.

Sin apenas recuerdos me mudé a la constancia
de un gran pueblo industrial y en él seguí existiendo:
niños, casas, escuela (autóctono remiendo),
quince mil habitantes nadando en la abundancia
y yo que fui “in crescendo”.

Mis primeros amigos, mi primera fragancia,
elegancia en el fuego, record Ginness ardiendo
bajo forma de hoguera: gentío, humo, estruendo,
mucho ambiente en la plaza, bomberos, ambulancia
y mi infantil atuendo.

Después, adolescencia, una chica, comedias;
sin silencios inútiles, sin mayores resabios
y un pueblo equidistante al roce de unos labios,
a un piso de alquiler, a un compromiso a medias
con argumentos sabios.

Y ya con la trentena, de nuevo una mudanza.
No digo que la cosa se nos pusiera fea:
uno con una, dos, a vivir a una aldea,
de noventa habitantes, que sus casas afianza
y una calle alinea.

A los cuarenta, al fin, mi pueblo se presenta
en un espacio propio para ser construido,
cuatro manos y ayuda, sin pedirla de oído:
un servidor, familia, amigos, la parienta…
le debo lo debido.

Nunca se llega tarde, confío en los cincuenta,
en las fuerzas medidas, en mi yo “bienherido”
cuando llega a un lugar, sin perder el sentido,
y sabe que es allí en donde se cimienta
futuro y recorrido.

Un par de plazoletas, trasteros de madera,
cuatro pequeñas casas, callejuelas sendero,
piedras, tierra, barrancos y algún atolladero
del que salir airoso, en plena cordillera,
por cualquier derrotero.
Excelente cascada de recuerdos, atrapados en estos alejandrinos.
Un abrazo.
 

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