Sara Lebrel
Poeta recién llegado
Dices que no sabes llorar,
que tus ojos se compinchan con los fragmentos
de un corazón roto
que se te sale del pecho.
Dices que desde aquel día
no has vuelto a llorar,
que el aire del oeste te secó los ojos,
y ahora no puedes derramar ni una sola gota
del dolor de los mortales.
Has secado la vida de los matorrales
de mi calle,
has limpiado mis ojos con el vaho
que se te escapa entre los dientes
cuando pronuncias cualquier nombre
que desvela el inventario de tu habitación.
Has quemado mis pestañas,
has extinguido la primavera que aparece en tus mejillas,
y has devuelto mi nombre en un todo a cien.
Dices que no lloras nuestra despedida porque no tienes lágrimas
que testifiquen a mi favor,
que no hay ningún abogado de oficio que me defienda.
En el amor no todo vale,
y yo solo he hecho la guerra.
Los orcos me quieren de su lado,
me has dejado en el banquillo y no sé a qué bando pertenezco.
Ya no sé si soy buena o mala,
no sé si valgo para lo que decías o si decías que valía
solo para ese algo que querías.
Hiciste que nuestra vida fuese teatro,
que tu sonrisa fuese el mejor guion al que besar
después de cualquier día en el que me creía
la actriz secundaria de la película más pésima del videoclub
de tu barrio.
No sabes llorar.
Quizá ese sea tu defecto.
No sabes llorar ni cuando se te desgarra el corazón
ante cualquier “adiós” disfrazado de “hasta nunca”.
Ya no nacerán rosas de mi clavícula en primavera,
ya no volverás a murmurar los elementos de la tabla periódica
mientras te duchas,
ya no volveremos a discutir sobre fútbol,
y es que nada me pone tanto como las rayas canallas de los colchones,
no me mires así, échale la culpa a Sabina
y a sus canciones que hicieron de banda sonora
cuando despertábamos edificios de madrugada.
Has salido del amor sin mí como un bonito kamikaze
que sobrevive sin secuelas a una catástrofe que ya ni recuerda.
Dices que se te han acabado antes las ganas de besar
que la indignación que provoca cambiar de labios,
y es lo más triste que han escuchado mis oídos sobrios.
Ahora sé que me equivoqué al quererte,
al deslizar mis miedos por tus piernas
hasta bañarme en tu pelo
y, ahora, que se joda el mar, que no podrá rozarte.
No has sabido llorarnos,
por eso esta noche me vestiré de negro
para dedicarte el último adiós.
Y lloraré por los dos, de eso no te preocupes.
que tus ojos se compinchan con los fragmentos
de un corazón roto
que se te sale del pecho.
Dices que desde aquel día
no has vuelto a llorar,
que el aire del oeste te secó los ojos,
y ahora no puedes derramar ni una sola gota
del dolor de los mortales.
Has secado la vida de los matorrales
de mi calle,
has limpiado mis ojos con el vaho
que se te escapa entre los dientes
cuando pronuncias cualquier nombre
que desvela el inventario de tu habitación.
Has quemado mis pestañas,
has extinguido la primavera que aparece en tus mejillas,
y has devuelto mi nombre en un todo a cien.
Dices que no lloras nuestra despedida porque no tienes lágrimas
que testifiquen a mi favor,
que no hay ningún abogado de oficio que me defienda.
En el amor no todo vale,
y yo solo he hecho la guerra.
Los orcos me quieren de su lado,
me has dejado en el banquillo y no sé a qué bando pertenezco.
Ya no sé si soy buena o mala,
no sé si valgo para lo que decías o si decías que valía
solo para ese algo que querías.
Hiciste que nuestra vida fuese teatro,
que tu sonrisa fuese el mejor guion al que besar
después de cualquier día en el que me creía
la actriz secundaria de la película más pésima del videoclub
de tu barrio.
No sabes llorar.
Quizá ese sea tu defecto.
No sabes llorar ni cuando se te desgarra el corazón
ante cualquier “adiós” disfrazado de “hasta nunca”.
Ya no nacerán rosas de mi clavícula en primavera,
ya no volverás a murmurar los elementos de la tabla periódica
mientras te duchas,
ya no volveremos a discutir sobre fútbol,
y es que nada me pone tanto como las rayas canallas de los colchones,
no me mires así, échale la culpa a Sabina
y a sus canciones que hicieron de banda sonora
cuando despertábamos edificios de madrugada.
Has salido del amor sin mí como un bonito kamikaze
que sobrevive sin secuelas a una catástrofe que ya ni recuerda.
Dices que se te han acabado antes las ganas de besar
que la indignación que provoca cambiar de labios,
y es lo más triste que han escuchado mis oídos sobrios.
Ahora sé que me equivoqué al quererte,
al deslizar mis miedos por tus piernas
hasta bañarme en tu pelo
y, ahora, que se joda el mar, que no podrá rozarte.
No has sabido llorarnos,
por eso esta noche me vestiré de negro
para dedicarte el último adiós.
Y lloraré por los dos, de eso no te preocupes.