Ad Libitum
Poeta recién llegado
En la infancia fui
el niño que en Carnavales
siempre iba disfrazado de princesa,
la niña que se metía en todas las peleas
y que siempre ganaba,
el niño que quería aprender de costura,
la niña que arrasaba
en el Counter-Strike,
el niño que disfrutaba jugando a la crianza,
la niña que odiaba el rosa, las flores, la tristeza,
el niño que soñaba con aprender ballet
la niña que soñaba
con otras tantas niñas,
el niño que abrazaba orgulloso su dulzura
y la niña que caminaba
descalza sobre el fuego.
Niño y marimacho.
Niña y maricón.
Agua limpia fluyendo por un aire manchado.
Yo ya no sé qué soy,
pero dentro de mí
hay un bosque sin caminos labrados.
Y dentro de ese bosque hay un niño que llora
- lleva una falda rosa y un puñado de flores-.
Y al lado de ese niño,
hay una mujer fuerte
Lleva mil cicatrices,
un chaleco de camu
el aliento de todas las mujeres
que besaron sus labios
y un fusil maltratado
colgándole del pecho.
Y la mujer mira a la criatura
con falsa indiferencia.
Y, con la crudeza fría
de quien se vio obligada
a enterrar la ternura
para sobrevivirse,
se agacha hasta su altura.
Y le ofrece su mano.
el niño que en Carnavales
siempre iba disfrazado de princesa,
la niña que se metía en todas las peleas
y que siempre ganaba,
el niño que quería aprender de costura,
la niña que arrasaba
en el Counter-Strike,
el niño que disfrutaba jugando a la crianza,
la niña que odiaba el rosa, las flores, la tristeza,
el niño que soñaba con aprender ballet
la niña que soñaba
con otras tantas niñas,
el niño que abrazaba orgulloso su dulzura
y la niña que caminaba
descalza sobre el fuego.
Niño y marimacho.
Niña y maricón.
Agua limpia fluyendo por un aire manchado.
Yo ya no sé qué soy,
pero dentro de mí
hay un bosque sin caminos labrados.
Y dentro de ese bosque hay un niño que llora
- lleva una falda rosa y un puñado de flores-.
Y al lado de ese niño,
hay una mujer fuerte
Lleva mil cicatrices,
un chaleco de camu
el aliento de todas las mujeres
que besaron sus labios
y un fusil maltratado
colgándole del pecho.
Y la mujer mira a la criatura
con falsa indiferencia.
Y, con la crudeza fría
de quien se vio obligada
a enterrar la ternura
para sobrevivirse,
se agacha hasta su altura.
Y le ofrece su mano.