charlie ía
tru váyolens
nos dicen
que tras el chubasco
la calle suelta un aire caribeño.
que de la punta de las hojas
escurren luces, innecesarias e incólumes;
escurren automóviles
expulsando un humo frío que se va a anidar al pecho
y esa extraña sensación
que solo sana
con música y ron
hasta perder la conciencia.
nos dicen
que a los reinos absurdos de los hombres
los endurecen los años en blanco que nadie quiere.
y la certeza de la atracción sexual
tras una vuelta fulminante.
nos dicen que a la estupidez
la seduce el origen de la conciencia
a pesar de que no existe certeza alguna en la frustración
ni consuelo inminente
en el arrebato de la furia que me das.
pero es que a los santos
nos seduce la guerra
y el alambre de púas-
me seduce la guerra,
la guerra de tu reino
que el chubasco deja escurriendo en medio de la calle,
violentada tras el velo:
el arrebato de la furia, con un charco de sangre
escurriendo bajo tu falda
enfermándome los dedos.
que tras el chubasco
la calle suelta un aire caribeño.
que de la punta de las hojas
escurren luces, innecesarias e incólumes;
escurren automóviles
expulsando un humo frío que se va a anidar al pecho
y esa extraña sensación
que solo sana
con música y ron
hasta perder la conciencia.
nos dicen
que a los reinos absurdos de los hombres
los endurecen los años en blanco que nadie quiere.
y la certeza de la atracción sexual
tras una vuelta fulminante.
nos dicen que a la estupidez
la seduce el origen de la conciencia
a pesar de que no existe certeza alguna en la frustración
ni consuelo inminente
en el arrebato de la furia que me das.
pero es que a los santos
nos seduce la guerra
y el alambre de púas-
me seduce la guerra,
la guerra de tu reino
que el chubasco deja escurriendo en medio de la calle,
violentada tras el velo:
el arrebato de la furia, con un charco de sangre
escurriendo bajo tu falda
enfermándome los dedos.