José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Mi mamá y el Sr. Alzheimer
La sonata de una vida irrumpe con descoloridos flecos
y se vuelve, y se gira y escucha sus ecos.
Recuerdos de una niña jugando frente a un espejo.
Y se mira y remira, y se busca en silencio.
La niña no conoce a esa mujer que se asoma en el reflejo.
Ausente en su cuarto, ensimismada en su mundo.
Desconoce el porqué, de la perpleja mirada de esa mujer reflejada.
Se enfada … y se enfada, se irrita … y se irrita,
se mofa de ella, le grita … y le grita,
no entiende por qué la imita.
Esa mujer madura le sigue mirando con mirada escrutadora y dura,
no le gusta y le grita sin nombre,
pero esa mujer no le responde.
Regresa a su tiempo de ausencias, sin saber que un día se fue.
Sabe que está ahí, pero no sabe por qué.
A veces vive el ayer presente y pregunta constantemente,
pregunta por aquellas gentes, que ahora no están,
pero están, ... ausentes,
no sabe el motivo, ni siquiera se hace tal pregunta,
les reprocha y no comparte que en ese momento no estén presentes.
Vive un constante olvido.
Se duerme al romper la aurora y se desvela al cantar el grillo.
Mira su vida en el reloj ya sin horas,
la aguja encarcelada en la esfera no avanza
y se demora con la aurora, ya su vida no se deplora.
Y la aguja inmóvil del pasado esgrime a su presente,
y se pelea con su cambiante entorno,
el engaño es permanente.
El frío de la noche le evoca caricias de una madre tiempo atrás,
que le arropa y calienta su alma de niña perdida.
Se vuelve y mira, y ve a dos niñas rizándose el pelo.
Las llama por su nombre, la miran y se esconden,
las busca en sus recuerdos y las vuelve a encontrar,
le grita de nuevo sus nombres,
pero ellas se ríen y no le responden.
¡Ay! … Pobre mamá.
Se le agolpan en su memoria tonos ocres,
en blanco y negro.
Ya no le caben actualizados tonos de vivos colores.
Cada despertar, mira su entorno
y es preguntarse dónde está.
Cada instante, es un volver a empezar.
Y cada vez que me mira,
se torna en efigie dura y sorprendida,
y un hilo de voz pregunta … ¿y tú quién eres?
Y me vuelvo a presentar:
“soy tu hijo José Ignacio. ¿Cómo estás?”
Y ... volvemos de nuevo a empezar.
La sonata de una vida irrumpe con descoloridos flecos
y se vuelve, y se gira y escucha sus ecos.
Recuerdos de una niña jugando frente a un espejo.
Y se mira y remira, y se busca en silencio.
La niña no conoce a esa mujer que se asoma en el reflejo.
Ausente en su cuarto, ensimismada en su mundo.
Desconoce el porqué, de la perpleja mirada de esa mujer reflejada.
Se enfada … y se enfada, se irrita … y se irrita,
se mofa de ella, le grita … y le grita,
no entiende por qué la imita.
Esa mujer madura le sigue mirando con mirada escrutadora y dura,
no le gusta y le grita sin nombre,
pero esa mujer no le responde.
Regresa a su tiempo de ausencias, sin saber que un día se fue.
Sabe que está ahí, pero no sabe por qué.
A veces vive el ayer presente y pregunta constantemente,
pregunta por aquellas gentes, que ahora no están,
pero están, ... ausentes,
no sabe el motivo, ni siquiera se hace tal pregunta,
les reprocha y no comparte que en ese momento no estén presentes.
Vive un constante olvido.
Se duerme al romper la aurora y se desvela al cantar el grillo.
Mira su vida en el reloj ya sin horas,
la aguja encarcelada en la esfera no avanza
y se demora con la aurora, ya su vida no se deplora.
Y la aguja inmóvil del pasado esgrime a su presente,
y se pelea con su cambiante entorno,
el engaño es permanente.
El frío de la noche le evoca caricias de una madre tiempo atrás,
que le arropa y calienta su alma de niña perdida.
Se vuelve y mira, y ve a dos niñas rizándose el pelo.
Las llama por su nombre, la miran y se esconden,
las busca en sus recuerdos y las vuelve a encontrar,
le grita de nuevo sus nombres,
pero ellas se ríen y no le responden.
¡Ay! … Pobre mamá.
Se le agolpan en su memoria tonos ocres,
en blanco y negro.
Ya no le caben actualizados tonos de vivos colores.
Cada despertar, mira su entorno
y es preguntarse dónde está.
Cada instante, es un volver a empezar.
Y cada vez que me mira,
se torna en efigie dura y sorprendida,
y un hilo de voz pregunta … ¿y tú quién eres?
Y me vuelvo a presentar:
“soy tu hijo José Ignacio. ¿Cómo estás?”
Y ... volvemos de nuevo a empezar.
José Ignacio Ayuso Diez