Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Larga es la noche,
bordada de fantasmas chispeantes y diamantinos,
ellos deambulan entre los rayos potentes
que parten el cielo pardo.
Profunda es la noche arropada de nubes negras,
cargadas de llanto frío que hela el alma.
Irresistiblemente bella es esta melancolía
que fluye con el llanto tupido de los ángeles del cielo.
Nace un horizonte luminoso más allá de la tempestad,
es brillante, asombroso, cósmico latido de mi corazón perdido.
Me adormece este heladísimo aliento de escarcha,
creo morir en brazos de la dama blanca,
dama de la soledad más conmovedora,
magnetismo inevitable de recuerdos cuya esencia
se manifiesta en paisajes, en historias, cuentos, relatos
de una vida deprisa y a la vez pasiva,
en su andar catastrófico y a veces armonioso,
buscando el cirio, el guía, la centella, el faro del tiempo.
Alzo mis ojos tristes y miro a la luna
que resplandece por encima de la negra tempestad.
Y te recuerdo a ti, siempre lo hago,
mi dama lunar, mi niña adorada,
mi niña de cabello brillante,
tejido con hilos áureos,
piel de perlas, piel de nubes lacias,
ojos grises de plata melancólica,
luna carmesí sangrante, es tu boca,
sonrisa soleada de sol blanco, pulcro como la bondad.
Niña yo te veo en el espejo de la luna,
mirando las estrellas,
leyendo el cuento tatuado en su piel luminosa,
cuento que no termina jamás,
historia que es nuestra,
sin importar que tu habites en el otro extremo del mundo.
Niña de flama esmeralda,
yo siempre te encontrare en las estrellas,
porque sé que eres como yo:
una lunática, una soñadora,
alguien que no pertenece a este mundo,
sino al universo,
como yo pertenezco.
Niña de lluvia santa,
yo te siento en la llama de mi sangre,
yo te veo siempre en el umbral del infinito,
sosteniendo mi corazón de piedra
que late por la gracia de tu sonrisa,
promesa de paz eterna.
bordada de fantasmas chispeantes y diamantinos,
ellos deambulan entre los rayos potentes
que parten el cielo pardo.
Profunda es la noche arropada de nubes negras,
cargadas de llanto frío que hela el alma.
Irresistiblemente bella es esta melancolía
que fluye con el llanto tupido de los ángeles del cielo.
Nace un horizonte luminoso más allá de la tempestad,
es brillante, asombroso, cósmico latido de mi corazón perdido.
Me adormece este heladísimo aliento de escarcha,
creo morir en brazos de la dama blanca,
dama de la soledad más conmovedora,
magnetismo inevitable de recuerdos cuya esencia
se manifiesta en paisajes, en historias, cuentos, relatos
de una vida deprisa y a la vez pasiva,
en su andar catastrófico y a veces armonioso,
buscando el cirio, el guía, la centella, el faro del tiempo.
Alzo mis ojos tristes y miro a la luna
que resplandece por encima de la negra tempestad.
Y te recuerdo a ti, siempre lo hago,
mi dama lunar, mi niña adorada,
mi niña de cabello brillante,
tejido con hilos áureos,
piel de perlas, piel de nubes lacias,
ojos grises de plata melancólica,
luna carmesí sangrante, es tu boca,
sonrisa soleada de sol blanco, pulcro como la bondad.
Niña yo te veo en el espejo de la luna,
mirando las estrellas,
leyendo el cuento tatuado en su piel luminosa,
cuento que no termina jamás,
historia que es nuestra,
sin importar que tu habites en el otro extremo del mundo.
Niña de flama esmeralda,
yo siempre te encontrare en las estrellas,
porque sé que eres como yo:
una lunática, una soñadora,
alguien que no pertenece a este mundo,
sino al universo,
como yo pertenezco.
Niña de lluvia santa,
yo te siento en la llama de mi sangre,
yo te veo siempre en el umbral del infinito,
sosteniendo mi corazón de piedra
que late por la gracia de tu sonrisa,
promesa de paz eterna.
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