José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
QUIERO UN DIOS AL QUE REZAR.
Solo el necio
se acomoda
con desprecio
en los brazos
del dios que le acogió. Muchos son fariseos consumados, tienen cuartos,
y un cuarto dedicado solo a la oración. Donde hablan a solas con su ego,
y no lo hacen como dicen, con su dios redentor. Predican a los cuatro vientos las bondades de su amor y confesión, pero el pan de los remedios se queda siempre a buen recaudo en su propio
comedor.
Pobre pobres,
que miseria.
Me preocupan
los silencios
que se escuchan
de su dios.
No responde
a sus lamentos,
son los parias
repudiados,
desheredados
de esta fatua
y orgullosa
civilización.
Todos dicen
escucharlo,
pero ninguno
con atención,
no saben
de su timbre
ni de su
tono de voz.
Mi corazón tiene dolidos los oídos y muchas ganas de rezar. Le gustaría ser escuchado por un dios cabal, que le atendiera y reaccionara, con un me gusta simplemente y un abrazo de verdad. Sigue necesitando tener un dios
al que orar. Pero solo lo hará al dios que le ame y no le quiera por ello castigar.
No entiendo a ese dios que a su propio hijo castigó, dejándole morir clavado con torturas y humillado ante los ojos de una madre, su madre abnegada, desconsolada y buena, llena de pena, y llena de dolor. Aquí y ahora, por mucha menos crueldad, se le hubiera juzgado por no saber amar y permitir que a su hijo lo mataran con saña y sufrimiento por demás.
Díganme, señores,
cómo con este hecho,
que bien pudo ÉL evitar,
todos los hombres de hoy y del mañana,
que lo necesitamos de verdad,
podremos solo por FE, en él confiar.
Solo el necio
se acomoda
con desprecio
en los brazos
del dios que le acogió. Muchos son fariseos consumados, tienen cuartos,
y un cuarto dedicado solo a la oración. Donde hablan a solas con su ego,
y no lo hacen como dicen, con su dios redentor. Predican a los cuatro vientos las bondades de su amor y confesión, pero el pan de los remedios se queda siempre a buen recaudo en su propio
comedor.
Pobre pobres,
que miseria.
Me preocupan
los silencios
que se escuchan
de su dios.
No responde
a sus lamentos,
son los parias
repudiados,
desheredados
de esta fatua
y orgullosa
civilización.
Todos dicen
escucharlo,
pero ninguno
con atención,
no saben
de su timbre
ni de su
tono de voz.
Mi corazón tiene dolidos los oídos y muchas ganas de rezar. Le gustaría ser escuchado por un dios cabal, que le atendiera y reaccionara, con un me gusta simplemente y un abrazo de verdad. Sigue necesitando tener un dios
al que orar. Pero solo lo hará al dios que le ame y no le quiera por ello castigar.
No entiendo a ese dios que a su propio hijo castigó, dejándole morir clavado con torturas y humillado ante los ojos de una madre, su madre abnegada, desconsolada y buena, llena de pena, y llena de dolor. Aquí y ahora, por mucha menos crueldad, se le hubiera juzgado por no saber amar y permitir que a su hijo lo mataran con saña y sufrimiento por demás.
Díganme, señores,
cómo con este hecho,
que bien pudo ÉL evitar,
todos los hombres de hoy y del mañana,
que lo necesitamos de verdad,
podremos solo por FE, en él confiar.
José Ignacio Ayuso Diez