José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
PERDÓN SEÑORA.
Perdón señora, no quisiera entrometerme,
pero ya no la deseo.
Hace tiempo, mucho tiempo que llevo esperándola.
Yo estaba preparado para correr hacia sus brazos y volar,
y aferrarme a sus negros cabellos y sentir su frialdad de hielo.
Pero ahora ya es tarde, señora.
Ya no me atraen sus tules negros, ni ese pajarraco
arrogante vestido con la nostalgia de los necios.
Sí, fui un necio al anhelar su compañía. Señora.
Al perseguir su aroma de incienso, en las tardes de soledad,
en las criptas y tanatorios, reinos de su terquedad.
No señora, no me va a convencer ahora de que usted
me salvará, no me vale esa rosa enlutada y seca,
ni su mirada de lujuria y deseo, al borde de ese mar sin reflejos.
Discúlpeme señora, usted ha sido hermosa en mis tiempos de añoranza.
Fue mí despertar cada noche de vigilia y trance agónico de mis celos.
Fue mi sueño oscuro de noches sin luna con la soga anudada al cuello.
La sentía mía, muy cerca y muy lejos en cada instante, la llamaba, le gritaba,
pero usted me ignoraba, afeaba las lágrimas de mi pecho errante.
Acaso le desagradaba mi presencia, cuando la necesitaba era entonces, no ahora.
Ahora, cuando he vuelto a ver la luz, allá en ese horizonte que usted tiñó de tristeza.
En ese horizonte que me transporta el alma a la mar salada,
que me eleva en las olas de azul turquesa y me funde en su espuma con añorada fuerza.
Usted, ya no lo puede oscurecer con su enigmático poder de media bruja.
No! ... Váyase! ...
Y déjeme navegar por los mares porteños, en apneas eternas buceando mis sueños.
Mañana tal vez, ¿Quién sabe? la vuelva a llamar.