Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ayer estuve en la vieja plaza ¿recuerdas? Aquel pueblo solitario y sencillo con la plaza porticada al lado de la iglesia. La plaza donde íbamos a sentarnos en aquellas pequeñas escapadas, casi a la vuelta de la esquina de nuestras casas. La plaza de bancos pintados y madera que acogían las tardes de verano, nuestras tardes de ilusión y sin dinero, pero tardes de estar juntos, de palabras, de libros, de historia, de versos.
Entrábamos a veces en la iglesia a mirar y remirar el sepulcro del caballero, sí, el que no sabían si era templario, o santiaguista… adornado de tallas de un gótico que estaba naciendo y buscábamos las plañideras al lado opuesto de aquel Pantocrátor encerrado en su mandorla. Rezabas luego a la Virgen, hierática y tú te arrodillabas al fondo de la iglesia, porque decías que era allí donde la Señora miraba.
La plaza con acacias y el castaño de indias que en este tiempo se abría en sus erizos para dejar caer, tersas y brillantes las castañas. El castaño de la sombra larga, aquella que nos cobijaba cuando caía el sol y nos guardábamos a su amparo de las miradas. Apoyada en su tronco estabas cuando nos dimos el primer beso, furtivo, joven, lleno de ilusión e inexperiencia. Paseábamos por el suelo de cantos, que tenía sabor antiguo, de mercados viejos, de mujeres al refresco de la tarde, con sus sillas bajas, el cesto de costura, la charla suave en que se hablaba de los hijos, el que estudiaba, el que fue a la mili y le tocó África…Y la plaza era un poco nuestra, pues en las esquinas se anclaban recuerdos nuestros, los bancos guardaban memoria de las manos cogidas, de las palabras que fueron surgiendo como rosas tempranas y traían vientos de amores, fragancias de pechos que se entregarían.
Pero ya no es nuestra plaza. Quitaron los árboles y pusieron un desolado campo de parches de cemento. Han huido los pájaros que nos arrullaban, al perder sus nidos. Unos nuevos bancos, asientos de hormigón, sustituyen a los nuestros y no se encuentra reposo en ellos, sirven solamente para detenerte un instante e irte con la mirada llena de un vacío que aterra. Nuestras sombras se han ido con otros soles. No guarda la plaza ya nuestro recuerdo. La llenan gentes nuevas, que no saben de nosotros, ni de las aves, de los bancos y los árboles. Gentes del Camino, siempre en trasiego, que no saben que hay plañideras en el sepulcro del caballero.
Me he ido, como un extraño, como aquel que se equivoca al llegar y lo hace en otro tiempo. Tampoco estabas tú, únicamente tu recuerdo, recuerdo que llevaba yo puesto. Se ha ido poniendo el sol y me ha regalado una luz dorada, vieja, que ha vestido por un momento la torre de la iglesia.
Y he sabido que estaba solo.
Entrábamos a veces en la iglesia a mirar y remirar el sepulcro del caballero, sí, el que no sabían si era templario, o santiaguista… adornado de tallas de un gótico que estaba naciendo y buscábamos las plañideras al lado opuesto de aquel Pantocrátor encerrado en su mandorla. Rezabas luego a la Virgen, hierática y tú te arrodillabas al fondo de la iglesia, porque decías que era allí donde la Señora miraba.
La plaza con acacias y el castaño de indias que en este tiempo se abría en sus erizos para dejar caer, tersas y brillantes las castañas. El castaño de la sombra larga, aquella que nos cobijaba cuando caía el sol y nos guardábamos a su amparo de las miradas. Apoyada en su tronco estabas cuando nos dimos el primer beso, furtivo, joven, lleno de ilusión e inexperiencia. Paseábamos por el suelo de cantos, que tenía sabor antiguo, de mercados viejos, de mujeres al refresco de la tarde, con sus sillas bajas, el cesto de costura, la charla suave en que se hablaba de los hijos, el que estudiaba, el que fue a la mili y le tocó África…Y la plaza era un poco nuestra, pues en las esquinas se anclaban recuerdos nuestros, los bancos guardaban memoria de las manos cogidas, de las palabras que fueron surgiendo como rosas tempranas y traían vientos de amores, fragancias de pechos que se entregarían.
Pero ya no es nuestra plaza. Quitaron los árboles y pusieron un desolado campo de parches de cemento. Han huido los pájaros que nos arrullaban, al perder sus nidos. Unos nuevos bancos, asientos de hormigón, sustituyen a los nuestros y no se encuentra reposo en ellos, sirven solamente para detenerte un instante e irte con la mirada llena de un vacío que aterra. Nuestras sombras se han ido con otros soles. No guarda la plaza ya nuestro recuerdo. La llenan gentes nuevas, que no saben de nosotros, ni de las aves, de los bancos y los árboles. Gentes del Camino, siempre en trasiego, que no saben que hay plañideras en el sepulcro del caballero.
Me he ido, como un extraño, como aquel que se equivoca al llegar y lo hace en otro tiempo. Tampoco estabas tú, únicamente tu recuerdo, recuerdo que llevaba yo puesto. Se ha ido poniendo el sol y me ha regalado una luz dorada, vieja, que ha vestido por un momento la torre de la iglesia.
Y he sabido que estaba solo.
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