Yo sé que mi mano luce añosa
como un sarmiento de piedra.
Prendido en la inocencia,
aún busco la unión
entre lo voraz y la noche.
Hilos que no han crecido
imaginan la sed
que no hallará en la dura crin
del tiempo el oasis de la eternidad.
Somos-madre y yo-
raíz que, después del estío,
se acicala en el silencio.
Tú, jardín que ensombrece,
no divisas el límite del mañana,
yo entiendo esa luz que asoma,
porque la soñé como un saltimbanqui
en el último gesto de la caída.
Las palabras no ayudan
cuando la piel se adentra
en la vorágine del destino,
parece que un ruido fuera la ceniza
y el presente una noria inacabable
de estímulos y febril latitud.
Hay rosas que te esperan a mi lado,
igual que círculos
que en el tiempo convergen,
sintamos la armonía de las generaciones
que blanquean los horarios,
y se adueñan de los nombres
y escriben pasajes comunes
en el crisol de nuestras manos
que al final son una
y son camino de luz.
como un sarmiento de piedra.
Prendido en la inocencia,
aún busco la unión
entre lo voraz y la noche.
Hilos que no han crecido
imaginan la sed
que no hallará en la dura crin
del tiempo el oasis de la eternidad.
Somos-madre y yo-
raíz que, después del estío,
se acicala en el silencio.
Tú, jardín que ensombrece,
no divisas el límite del mañana,
yo entiendo esa luz que asoma,
porque la soñé como un saltimbanqui
en el último gesto de la caída.
Las palabras no ayudan
cuando la piel se adentra
en la vorágine del destino,
parece que un ruido fuera la ceniza
y el presente una noria inacabable
de estímulos y febril latitud.
Hay rosas que te esperan a mi lado,
igual que círculos
que en el tiempo convergen,
sintamos la armonía de las generaciones
que blanquean los horarios,
y se adueñan de los nombres
y escriben pasajes comunes
en el crisol de nuestras manos
que al final son una
y son camino de luz.
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