Haiku
Desde la fronda
se escuchan los piares.
Huele a cedrón.
En el jardín
florecen los gladiolos.
La niña corre.
Matilde Maisonnave
Compañera Matilde Maisonnnave.
Entiendo que disfrute de las voces que le alientan, y es entendible que le desagraden las voces que estén en desacuerdo.
Un haijin no es un maestro en haiku, es una persona que escribe haiku.
Si algún haiku es perfecto o defectuoso, es una calificación momentánea, no es un título perenne, igual que la naturaleza es un constante cambio.
Por ello quien escribe haiku, bueno o malo, es un haijin y no deja de serlo por escribir una mala obra.
La calificación inicial de la calidad del haiku radica en su autor, puesto que se trata de una personalización de un momento, de una interpretación íntima.
Empero la calificación externa refleja la objetividad del haiku, su finalidad de expresar y compartir la visión interior del autor. Compartir su vivencia.
Se puede compartir un escenario, como una foto.
Se puede compartir un momento, como un video.
Los dos anteriores se consideran haikus imperfectos, o haikus en proceso de mejora.
La calidad de un haiku se mide por la facilidad con que un lector externo recibe y comparte el momento, la vivencia descrita por el autor.
Vale aclarar que aquellos lectores que han tenido vivencias similares, o habitan regiones similares a las del autor, tienen facilidad para apreciar su obra.
Así un haiku escrito por un sudafricano de ciudad del Cabo, es difícil de ser percibido por un mexicano de Veracruz. Y esa dificultad se agrava si usa lenguaje, términos o nombres muy localistas.
Lo ideal es usar las situaciones y términos más universales posibles.
El fuerte sentimiento localista del haiku japonés ha sido uno de las mayores trabas a su comprensión. Y este mismo fenómeno se aplica a cualquier haiku localista. Pero esto no lo invalida, solo lo relativiza a un sector de tiempo-espacio demasiado específico para ser comprendido por el público en general.
Este criterio que otros aplican a nuestras obras, es exactamente igual al que solemos usar nosotros para valorar las obras de otros. Por ello es común que surjan discusiones.
El espíritu de un alumno, sea o no haijin, es el de aprender y enseñar lo aprendido. De aprender incluso de los errores y las críticas, buenas o malas, y superarse a sí mismo. Quedarse en un solo estado y recordar es placentero, pero estático, y termina siendo superado por otros.
Al final todos terminamos siendo superados, la diferencia es si nos superan propios o ajenos.
Yo elegí que me superen mis propios, y estoy seguro que usted ha elegido igual.
Un saludo cordial y respetuoso Matilde.