Cuando Lucía tuvo su primer sueño erótico con el profesor pintura sintió que el corazón le bombeaba con fuerza; desde entonces cada noche se iba a la cama esperando que se repitiera. Todo empezó a raíz del día que coincidieron en la cafetería de la Universidad de Bellas artes, a donde había acudido de nuevo despues de muchos años. Charlaron animadamente, como si se conocieran de toda la vida y descubrieron tantas afinidades que el tiempo se les escapó como por encanto; ambos llegaron tarde al reinicio de las clases y sus miradas se hicieron cómplices. Aunque Lucía reconocía no tener control sobre sus sueños, no pudo evitar el sonrojo cuando, durante el desayuno, su marido le dijo: -Hace años que no te veía ese brillo en la mirada, cariño, ¿te ha pasado algo especial?- Nada- susurro avergonzada bajando la mirada, como si temiera que a través de sus ojos descubriera las tórridas imágenes del idilio que estaba viviendo en sueños. -¡Nadie puede ser culpable de infidelidad por sus sueños!-se dijo tratando de tranquilizar su propia conciencia -en treinta y cinco años de matrimonio jamás le he sido infiel y los sueños, sueños son...
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