Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
TRISTE FELICIDAD
Aquel día descubrí que la felicidad no es el objetivo de la vida, tan solo es una guía. Acudí al laboratorio en el hospital, donde trabajaba mi amigo, un eminente investigador neurólogo dedicado a los analgésicos. Quería que grabase su experimento. Había descubierto una nueva formula de dopamina sintética capaz de proporcionar la felicidad permanente sin causar ningún efecto adverso, como el de las drogas que tantas vidas han destrozado. Cuando me abrió la puerta, sin responder a mi saludo, me dijo excitado:
–Voy a probar esta fórmula durante 30 minutos. El efecto de esta dopamina es permanente, los riñones no la eliminan; aunque se anula totalmente su metabolismo con esta inyección, que actúa como un inhibidor.
Me mostró la jeringuilla del inhibidor con la aguja hipodérmica preparada.
–Te encargarás de inyectarme el inhibidor si pierdo el conocimiento. ¿De acuerdo?
–De acuerdo – contesté inseguro, aunque estábamos en un hospital bien equipado para las emergencias – ¡Suerte!
– No me desees suerte. No me gusta el juego. Está todo previsto – me respondió sin mirarme.
Siempre centraba su en vista los utensilios del laboratorio, no me miraba a la cara. Parecía que las personas no le importábamos; pero no era así, había dedicado más de 36 años a luchar contra el dolor y la tristeza. Su aspecto era más desastroso que el de costumbre. Tenía la bata manchada con todos los elementos del laboratorio; pero, por más que le insistí, no quiso quitársela durante la grabación. Estaba ansioso.
Coloqué la cámara de vídeo en el trípode mientras se sentó en una silla con el respaldo inclinado y se inyectó la dopamina sintética. Al cabo de 10 segundos empezó a sonreír mirando el techo fijamente. Entonces le pregunte, medio en serio y medio en broma:
– ¿Cómo estás, eres feliz?
Pero no contestó, siguió mirando fijamente al techo y sonriendo sin parar. Su expresión era espantosa: parecía un muerto sonriendo. Enseguida, sin dudar, le inyecte el inhibidor en la vena. No sintió el pinchazo. Al cabo de otros 10 segundos dejo de sonreír, vio la jeringuilla vacía, me miro sorprendido y preguntó:
– ¿Qué me ha pasado, he perdido el conocimiento?
– Te has quedado paralizado sonriendo y mirando el techo. ¿Qué sentías? – pregunté intrigadísimo.
– No pensaba en nada, pero me sentía totalmente feliz contemplando el techo –respondió sonriendo.
El techo no se parecía al de la Capilla Sixtina, donde están las imágenes celestiales que pintó Miguel Ángel. El techo del laboratorio tenia muchas manchas de humedad y un tubo fluorescente averiado parpadeaba sin cesar.
Mi amigo dejó de sonreír cuando se contempló en el video grabado. Se repudió, como si hubiera visto al peor monstruo. Creo que lo que más asusta es descubrir que uno mismo es el monstruo.
– ¡No puede ser, no puede ser! – dijo enfurecido – La felicidad permanente paraliza. Si fuéramos totalmente felices no nos moveríamos porque no desearíamos nada más. Nos convertiríamos en muertos vivientes. La infelicidad, incluso la tristeza, es necesaria: indica que tenemos que actuar para rectificar la conducta. La felicidad verdadera se consigue actuando, no consumiendo.
Mientras hablaba, prendió fuego a las hojas que contenían las formulas de su descubrimiento. El humo del papel quemado salió por la rejilla extractora situada en el techo que tanto había admirado.
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