Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la noche de Jueves Santo, los poetas salen a las calles de Sahagún a leer sus poemas.
En la duermevela de la noche santa, las calles se mantienen en vigilia. Un silencio triste, de oscura complicidad, envuelve cada esquina donde, como jirones, el eco del trasiego de las gentes ha dejado una impronta en la llamada que la trompa ha hecho, marcando la "Hora Nona".
Se han cerrado con un golpe las puertas de las iglesias, como bocas que se cierran, como ojos que se aprietan para no ver, no sentir el escalofrío de la noche. La noche trágica, la noche triste de Nuestro Señor.
¿Quién Me acompañará?
¿Quién hará un rato de oración Conmigo?
Los pocos que en el frío nocturno se adentran por la noche, elevan los cuellos de sus abrigos, o se embozan en las capas. Hablan en susurros, temiendo herir el silencio con voces destempladas. La niebla tenue pone cerco a la luz de las farolas y la aprisiona en un halo tibio de color amarillento. Parece que la luz envejece en estas horas, que no quiere ver, que no quiere ser testigo o, tal vez, no quiera iluminar caminos que recorran pies de sayones.
Una campana lanza una queja lastimera al primer golpe de badajo y rompe en su vibrar un silencio espeso ¿Estará negando San Pedro?
Cada piedra de la plaza es una herida. Cada surco una plegaria. Las han recorrido los pies descalzos, penitentes, cargados con el peso de los pasos; cargados con el paso de los años. Sobre los hombros la fe de un pueblo. Sobre el pueblo, el ser de una villa.
Sobre la bocana que, de vez en vez, en la niebla se abre, las estrellas y los luceros permanecen vigilantes. El viento, que sopla de Campos, trae un aire húmedo y frío. Viento que susurra entre las puertas, que silba en las viejas ventanas y es como un poema, una letanía de estrofas que va dejando, al aire de la desgana, sembradas por las esquinas.
Todavía la Cruz dormita, con un sueño inquieto, con un sopor agitado que ya presiente el peso de la mañana. Sabe ya que la ajustarán a golpes y la clavarán sobre la tierra. Sabe que en sus brazos abiertos tendrá de nuevo al Cristo muerto sujeto por los clavos al madero. Y sentirá el dolor ante la Madre, cómo los clavos que horadan su madera como puñales penetran el corazón de María. Corazón dolorido, herido de soledades. Soledad de soledades. Soledad.
Huele el aire a incienso, a óleos, a ungüentos. Huele el aire a dolor, a traición, a miedos.
La luz se escapa entre las puertas de Jesús. Los pasos se encaminan, con una inercia casi mecánica, para arroparse en la luminosidad que se derrama por la plaza.
Una voz cierra el silencio. Una voz clama, declama como una oración, unos versos. Se abre la noche al poema sentido. Las estrofas irán tamizando el camino. Los versos se irán prendiendo de los tejados, se irán encaramando a los balcones. Sostendrán el cielo de tinieblas que caía sobre la villa y será la poesía columna que lo consiga.
Poesía que promete.
Poesía prometida.