IN TENEBRIS
Desde la cima, sobre la roca que Sísifo
alzó con sus últimos alientos
contemplo el cárdeno ocaso
y aguardo tranquilo la roja marea que anticipa la noche.
Es mi canción de despedida,
algas verdinegras salen de mi boca
algas erectas que buscan una subida
de mi espíritu hasta el cielo.
Allí, desde la roca,
bajo la luz de las estrellas que aún relfulgen,
quiero transportarme hasta el refugio
de los arcángeles moribundos.
Quiero morir junto a ellos,
envuelto entre sus frías alas
como múltiples abrazos de muerte
que impidan mi regreso hacia el valle de la vida.
Avanza el rojo cárdeno como marea ascendente
sobre los prados en flor.
Avanza, y ya entre las nubes grises se adivinan,
letales, los negros contornos de la Muerte.
Mis manos, con vocación de alas o guadañas,
imitan los balbuceos de vuelo del águila joven.
Pero yo ya soy roca, he aumentado
el volumen irremediable de la que Sísifo dejó.
Veo cómo de mis pies nacen raíces
o serpientes que buscan su noche,
como aquella estrella titilante se me asemeja
una burbuja o ese galeón que retorna.
Necesito más fiebre, ese calor descoyuntado
del que extraiga la última palabra.
Ya los espejos de placenta venenosa
no reflejan mi imagen, que el tiempo disolvió.
Ya soy tiempo huído, gas de cloaca,
pútrida emanación de las sombras que me acucian.
Las letras vocales cubiertas de negros crespones
huyen de mi boca.
Mis nuevas palabras serán un misterio
que tendré que descifrar para los niños.
Ante mí avanza tembloroso
el rojo mar de todos los ocasos.
Sube montaña arriba tiñendo de tristes colores
las galerías perfumadas
donde se guardan las catleyas
que Swan nunca pudo entregar a su Odette.
Yo las tomo entre mis manos enguantadas
con la suave piel de otro cadáver
y me sumerjo en las tinieblas a punto de nieve.
Lentamente me despojo de mis músculos,
de mis tendones y nervios
deposito amorosamente mi cerebro y sus armiños
en una copa de nácar, como ofertorio
a las aves rapaces que me guardan,
y dejo a la admiración de todos
mi espléndido esqueleto, osamenta y restos blanquecinos
que algún poeta hermano
transformará en flautas o vendavales.
Ilust.: Pájaros del mismo plumaje. David Lozeau. De “Pinterest”.
Desde la cima, sobre la roca que Sísifo
alzó con sus últimos alientos
contemplo el cárdeno ocaso
y aguardo tranquilo la roja marea que anticipa la noche.
Es mi canción de despedida,
algas verdinegras salen de mi boca
algas erectas que buscan una subida
de mi espíritu hasta el cielo.
Allí, desde la roca,
bajo la luz de las estrellas que aún relfulgen,
quiero transportarme hasta el refugio
de los arcángeles moribundos.
Quiero morir junto a ellos,
envuelto entre sus frías alas
como múltiples abrazos de muerte
que impidan mi regreso hacia el valle de la vida.
Avanza el rojo cárdeno como marea ascendente
sobre los prados en flor.
Avanza, y ya entre las nubes grises se adivinan,
letales, los negros contornos de la Muerte.
Mis manos, con vocación de alas o guadañas,
imitan los balbuceos de vuelo del águila joven.
Pero yo ya soy roca, he aumentado
el volumen irremediable de la que Sísifo dejó.
Veo cómo de mis pies nacen raíces
o serpientes que buscan su noche,
como aquella estrella titilante se me asemeja
una burbuja o ese galeón que retorna.
Necesito más fiebre, ese calor descoyuntado
del que extraiga la última palabra.
Ya los espejos de placenta venenosa
no reflejan mi imagen, que el tiempo disolvió.
Ya soy tiempo huído, gas de cloaca,
pútrida emanación de las sombras que me acucian.
Las letras vocales cubiertas de negros crespones
huyen de mi boca.
Mis nuevas palabras serán un misterio
que tendré que descifrar para los niños.
Ante mí avanza tembloroso
el rojo mar de todos los ocasos.
Sube montaña arriba tiñendo de tristes colores
las galerías perfumadas
donde se guardan las catleyas
que Swan nunca pudo entregar a su Odette.
Yo las tomo entre mis manos enguantadas
con la suave piel de otro cadáver
y me sumerjo en las tinieblas a punto de nieve.
Lentamente me despojo de mis músculos,
de mis tendones y nervios
deposito amorosamente mi cerebro y sus armiños
en una copa de nácar, como ofertorio
a las aves rapaces que me guardan,
y dejo a la admiración de todos
mi espléndido esqueleto, osamenta y restos blanquecinos
que algún poeta hermano
transformará en flautas o vendavales.
Ilust.: Pájaros del mismo plumaje. David Lozeau. De “Pinterest”.
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