Bueno, vamos al lío.
EL MITO DE LA NATURALIDAD DE LA LENGUA POÉTICA: el doméstico modo
Para comenzar, enunciemos la siguiente afirmación comúnmente adimitida:
"Los poetas del Siglo de Oro escribían su poesía tal y como se hablaba en la época".
Técnicamente podemos enunciarla así de forma equivalente:
"La lengua poética del Siglo de Oro coincide con el lenguaje común de la época".
(No es descabellado extrapolar, como se hace comúnmente, la misma afirmación a cualquier época histórica, pero aquí nos centraremos en una época determinada: el Siglo de Oro de la poesía española).
Lo que pretendo hacer es lo siguiente:
Primera parte: voy a probar que tal afirmación es falsa aportando documentación histórica.
Segunda parte: voy a proponer cuál puede ser el origen de tal afirmación.
Comencemos.
PRIMERA PARTE: DESMONTANDO EL MITO
Hecho bien documentado, el 11 de mayo de 1613 está lista la primera
Soledad de Luis de Góngora. La publicación de dicho poema generó una de las mayores controversias literarias de nuestra historia, comparable, sin duda, en el ámbito musical, al estreno de
La consagración de la primavera de Igor Stravinsky el 29 de mayo de 1913, trescientos años más tarde. La aparición de este poema gongorino desató una encendida polémica que dividió a los receptores del texto (cuya difusión fue muy gradual) entre fervorosos partidarios y beligerantes detractores. Entre estos últimos destaca el sevillano Juan de Jáuregui, cuya escrito
Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades debe datarse entre 1614 y 1624.
Dicha obra constituye un fulgurante anatema contra el estilo gongorino. Desata su furor contra la primera de las
Soledades y, en menor medida, aunque con el mismo enconamiento, contra el
Polifemo. (Jáuregui no llegó a conocer la Soledad segunda).
De entre las numerosas críticas que Jáuregui hace al texto gongorino nos interesa fundamentalmente la siguiente:
No sé qué ignorancia basta a entretejer éstas y otras civilidades tan soeces en poesía ilustre y noble como V. m. quiso que lo fuese la suya, haciendo una ensalada y mezcla tan disonante de estilos, de voces y sentencias, cuyo vicio abomina Quintiliano hablando derechamente contra V. m. [...] V. m. usa tan domésticos modos como los siguientes: dobladuras de manteles, lino casero, cojea el pensamiento, otra con ella, por su turno, vuestras granjerías, lamiéndolo, cruja, vomitado y sorbido, dehesas, por brújulas (esto podía quedarse para el botín de la sota de bastos). (P. 53 de la ed. citada al final)
Esta acusación, que podemos resumir con la feliz expresión "empleo de
domésticos modos", entiéndase "incorporación de la lengua de andar por casa a la poesía", es harto significativa. Notemos que esta censura de los
domésticos modos nos informa, indirectamente, de que los poetas de la época no admitían la lengua usual (
doméstica) en sus composiciones; es decir: no escribían como la gente hablaba, como ellos mismos hablaban coloquialmente.
Por reducción al absurdo: si ordinariamente los poetas áureos hubiesen escrito en
doméstico modo, no se habría producido tal acusación contra Góngora, pues él no estaría haciendo nada extraño.
Los ejemplos que aporta Jáuregui, pertenecientes todos a la
Soledad primera, son numerosos; aporto sólo unos pocos:
Igual excelencia tienen aquellos tres versillos como tres perlas:
La orza contenía
que un montañés traía.
No excedía la oreja, etc. (vv. 327-29)
Y esotros:
Que a mucha fresca rosa (v. 569)
Tanto garzón robusto
tanta ofrecen los álamos zagala (vv. 536-64)
Frustrados, tanta náutica doctrina (v. 454)
besó ya tanto leño (v. 127)
Estos modos son vilísimos, como cuando el vulgacho dice:
hubo tanta dama, tanto caballero, tanta de la merienda. ¡Maldita la grandeza o numerosidad! (P. 28, ed. cit.)
En otro orden de cosas, aunque muy relacionado, Jáuregui censura también la tendencia al hiato, más propia del italiano que del idioma español de la época:
También son crueles al oído casi todos los versos en que V. m. divide la sinalefa contra la costumbre de España, como vïolar de tres sílabas, ingenïoso de cinco. Y es lo peor que confunde V. m. esta noveda alargando unas veces la palabra y otras abreviando la misma. Dice una vez:
Violaron a Neptuno (v. 414)
Y otra:
Sin vïolar espuma (v. 1034)
Calarse turba de invidiosas aves (v. 989)
De invidïosa bárbara arboleda (v. 65)
Siempre gloriosas, siempre tremolantes (v. 422)
Ciñe la sienes glorïosa rama (v. 419)
Cuando torrente de armeas de perros (v. 233)
Montes de agua y piélagos de montes (v. 44)
No estamos ahora para distinguir las leyes que se deben guardar en la división de las sinalefas. Podemos decir, generalmente, que cualquier novedad en el dividirlas se extraña menos al fin del verso, como:
En el umbroso y fértil orïente
Es de Boscán imitando al italiano, de quien es más propio y muy usado, como en Torcuato:
Religïon contaminar non lece
Y en Ariosto:
Licenzïosa fiamma arde e camina.
Y otros muchos. Mas en nuestra lengua no pueden sufrirse todos éstos de V. m., sobre los alegados:
Ingenïosa hiere otra, que dudo (v. 252)
A glorïoso pino (v. 467)
Concurso impacïente (v. 756)
Que abrevïara el sol en una estrella (v. 665)
Es pésimo verso, no obstante que quiera representar con el sonido el abreviar del sol, cuanto más que allí no se abrevia, antes se alarga la dicción. Adelante, que aún restan los peores:
Imperïosa mira la campaña (v. 186)
Arcos o nervïosos o acerados (v. 1039)
Quesillo dulcemente apremïado (v. 875)
Del sitïal a tu deidad debido (Dedicatoria, v. 25)
Y premïados graduadamente (v. 1024)
Así que habiendo en todos los versos referidos de las
Soledades, y en otros muchos, una humildad tan descaecida, por una parte, y, por otra, una claridad tan humilde y plebeya, aun no pueden pasar por disparates bizarros ni hechos de propósito con bravata oscuridad (pp. 31-34 ed. cit.)
Por último, Jáuregui también censura a Góngora el hecho de que no se pliegue a ciertas convenciones poéticas usualmente practicadas en la época y que tienen que ver con la imitación de los modelos clásicos de la Antigüedad y del humanismo italiano. Así:
O aprenda V. m. de Horacio en aquella epístola suya cuyo principio
Cum tot sustienas (dice), et tanta negotia solus [...]
Destas virtudes grandes se ha de hacer mención cuando se habla con los príncipes y se les dedica algún escrito, y no aplicarles el ejercicio meramente de cazadores, como también lo hizo V. m. con el Conde de Niebla ofreciéndole su Polifemo (p. 11. ed. cit.)
Y también:
Parecerse quiere a la estancia del gran Torcuato Tasso, que imitó de Sanazaro en el segundo libro De Partu Virginis sobre la ruina de Cartago:
Giace l'alta Cartago: a pena i segni [...]
Sepa V. m. imitar esta grandeza, y la misma hallará en los versos latinos del Sanazaro, que no me pienso detner en alegaciones (p. 13 ed. cit.)
De esta brevísima selección podemos extraer, de forma resumida, dos graves acusaciones que Jáuregui lanza contra Góngora:
a) Que emplea expresiones de la lengua vulgar en la poesía (
domésticos modos).
b) Y que a menudo viola las convenciones literarias del momento en cuanto a la imitación de los modelos clásicos latinos e italianos (Horacio, Virgilio, Tasso, Ariosto, Sannazaro...).
De estas tres observaciones bien documentadas se deduce, evidentemente, que la lengua poética española del Siglo de Oro no era la lengua común el pueblo español:
a) No se censurarían los
domésticos modos si estuviesen admitidos en la lengua poética.
b) Existían ciertos preceptos en la lengua poética impropios del lenguaje común, comoel estilo horaciano y la imitación de los versos latinos e italianos).
Por tanto,
la afirmación "La lengua poética del Siglo de Oro coincide con el lenguaje común de la época" es falsa.
SEGUNDA PARTE: EL ORIGEN DEL MITO
El hecho de que la afirmación que acabamos de refutar esté tan ampliamente extendida hoy, siendo falsa, nos lleva a sospechar que su difusión pueda deberse a un poderoso mecanismo que trataremos de identificar. Por otra parte, hemos de reconocer que, si bien existen evidencias documentales que permiten desmontar el mito, era bastante lógico sospechar que la afirmación era falsa: basta conocer la realidad actual. Como dicen los geólogos,
el presente es la clave del pasado (principio geológico del actualismo): no hay ninguna razón para pensar que las cosas hoy funcionan de manera sustancialmente diferente a como lo hicieron en el pasado.
Como muestra, una noticia de la prensa deportiva de hoy mismo:
https://as.com/videos/2018/05/30/portada/1527697176_935834.html (enlace consultado hoy, 31 de mayo de 2018)
El titular "Y de repente va Cafú y suelta esta bomba" contiene una expresión perteneciente sin duda al lenguaje vulgar o coloquial, mientras que el subtítulo pertenece a un registro distinto: la expresión "la leyenda brasileña", referida al futbolista, es una construcción perifrástica impropia del lenguaje común en esa formulación. Es simplemente un ejemplo que nos muestra que, incluso en textos sobres los que no recae ni la más mínima sospecha de intención artística, se pueden notar registros lingüísticos distintos del lenguaje vulgar.
Aceptado este hecho, tan fácil de documentar como es consultar la prensa diaria, nos preguntamos de dónde puede proceder la afirmación contraria, la que nos ocupa.
La hipótesis que yo planteo es la siguiente: la afirmación falsa "La lengua poética del Siglo de Oro coincide con el lenguaje común de la época" tiene su origen en una
tendencia ideológica.
Es sabido que a lo largo del siglo XX hemos conocido en Occidente numerosos procesos de democratización: procesos políticos y sociales que han hecho evolucionar los antiguos sistemas de poder absoluto hacia formas más participativas y liberales; procesos que aún siguen en marcha en muchos territorios, sin haber alcanzado su meta.
Estos procesos políticos y sociales no pueden dejar marginada, naturalmente, la esfera cultural. En particular la poesía, como es bien sabido, ha jugado un papel importante en los mencionados procesos: desde autores ya clásicos, como Miguel Hernández y su poesía de trinchera, hasta otras figuras digamos más silvestres, como ciertos cantautores, se constata que
la poesía es un arma cargada de futuro (Gabriel Celaya, poeta, y Paco Ibáñez, músico; consultado hoy 31 de mayo de 2018).
Era, pues, necesario democratizar la poesía; es decir, poner la poesía al alcance de todos, liberarla de las cadenas que la restringían a las elites cultas, a los ciudadanos cultivados que podían acceder a la tradición clásica. Y la manera óptima y eficaz de realizar este proceso democratizador pasó, obviamente, por equiparar la lengua poética y la lengua del pueblo; el registro poético con el registro vulgar.
Fue entonces cuando, en algún contexto del siglo XX, se comenzó a admitir la lengua popular para hacer poesía no necesariamente popular o tradicional. Pero tal innovación requería una justificación, un cimiento clásico, una edad de oro para recuperar, de modo que la propuesta no fuese un mero y fugaz castillo de fuegos artificiales.
¿Cómo se buscó este fundamento? Pues con el mecanismo habitual de todas las ideologías. Las ideologías funcionan segun el principio idealista: "si la realidad no se adapta a la idea, peor para la realidad". Y la actuación es cambiar la realidad según la idea, en lugar de cambiar la idea según la realidad. De modo que sencillamente se divulgó una afirmación falsa como es la tesis que acabamos de refutar: que los poetas de cada generación escriben según el lenguaje vulgar de su propia época; afirmación que, como hemos visto, se desmorona no sólo antes una crítica histórica documentada, sino ante la mera confrontación con la realidad actual.
En este sentido, podemos decir que la afirmación "La lengua poética del Siglo de Oro (en general, del pasado) coincide con el lenguaje común de la época" constituye un verdadero mito, y es uno de los mitos fundacionales de nuestra actual cultura posmoderna. Dicho mito, en suma, se basa en una lectura tendenciosa de los hechos históricos y está al servicio de una ideología muy determinada (nótese que no paso a juzgar tal ideología, sino sólo el mecanismo por el que procede), cumpliendo la imprescindible función de legitimación de todo un sistema cultural.
(Nota bibliográfica. La edición citada del Antídoto de Jáuregui es
J. de Jáuregui (ed. J. M. Rico García), Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades, Universidad de Sevilla 2002).
Además, para la segunda parte de esta reflexión, ha sido fundamental la monografía
W. T. Cavanaugh, El mito de la violencia religiosa. Ideología secular y raíces del conflicto moderno, Granada 2010, 433 pp.
Obra, ésta, de temática completamente distinta a la poesía, pero que proporciona la estructura lógica de mi argumentación en la segunda parte, por lo que sería muy deshonesto por mi parte el no citarla).
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Una vez finalizado este pequeño estudio, sólo me queda que decir lo siguiente: por favor, desterremos de una vez por todas la idea falsa y tendenciosa de que "los antiguos poetas escribían según la lengua común de su época" y la no menos detestable "los antiguos poetas, si viviesen en nuestra época, escribirían según se habla hoy". Como ya he dicho y sabemos, estas ideas aparecen por todas partes escudadas en el hecho de que todas las opiniones son respetables en atención a la persona: sí, todas las opiniones son respetables, pero no en el mismo grado. Una opinión bien documentada y bien fundamentada no puede tener el mismo valor que una opinión arbitraria e injustificada. No seamos propagandistas de afirmaciones falsas que pueden calar muy hondo en la gente. Creo que los que participamos en este foro tenemos una grave responsabilidad en este sentido.
Saludos.