LANZAS CARGADAS DE OLVIDO
Lanzas cargadas de olvido perforan las débiles vitelas de mi hoy,
licuefactando mis sueños que mutan en pedregales infértiles
apagando una tras otra las limpias y luminosas estrellas
que marcaban mis veredas en los bosques, hoy brumosos, del ayer.
Hasta entonces éramos yo, y todos los que construí, huera cohorte.
Ahora somos astrosas ruinas sin belleza ni pasado.
¿Quien nos arroja esas lanzas cargadas con la droga del olvido y el rencor?
¿Quien borra de mis mapas los derroteros y las ciudades
con los huertos que me fueron entrañables?
Somos, yo y mis cenicientos muñecos, el negro río con su puente, todo sombra,
agua que pasa dejando barro y ruido únicamente.
Exhibo extraños recipientes donde duermen las cenizas
que antes serían monstruos o estantiguas pavorosas.
Ofrecimos nuestros cráneos para libaciones sacrílegas,
nuestros ojos para visiones deformes de la Belleza,
devoramos junto a los buitres disputando sus carroñas
sin participar por ello en la armonía de sus vuelos.
Tras las esquinas sin luz esquivamos las cegueras,
nuestros pasos, los míos y los de mis muñecos tan grises,
resonaban en los pavimentos que sangraban con roncos quejidos.
Éramos las siniestras carcajadas de los grifos y las gárgolas
en aquella ciudad dormida ajena a nuestras vergüenzas.
Ese era el sueño inocentemente procaz de los plátanos de sombra
florecidos de lascivias, anunciando primaveras,
cobijando los ardores que hacían latir nuestros corazones todavía incoloros.
Mientras, la ciudad sobre la ardiente llanura
se estremecía con la visión de los cuatro jinetes negros .
Ilust.: “El Apocalipsis de San Juan.” Rufino Tamayo. 1989
Lanzas cargadas de olvido perforan las débiles vitelas de mi hoy,
licuefactando mis sueños que mutan en pedregales infértiles
apagando una tras otra las limpias y luminosas estrellas
que marcaban mis veredas en los bosques, hoy brumosos, del ayer.
Hasta entonces éramos yo, y todos los que construí, huera cohorte.
Ahora somos astrosas ruinas sin belleza ni pasado.
¿Quien nos arroja esas lanzas cargadas con la droga del olvido y el rencor?
¿Quien borra de mis mapas los derroteros y las ciudades
con los huertos que me fueron entrañables?
Somos, yo y mis cenicientos muñecos, el negro río con su puente, todo sombra,
agua que pasa dejando barro y ruido únicamente.
Exhibo extraños recipientes donde duermen las cenizas
que antes serían monstruos o estantiguas pavorosas.
Ofrecimos nuestros cráneos para libaciones sacrílegas,
nuestros ojos para visiones deformes de la Belleza,
devoramos junto a los buitres disputando sus carroñas
sin participar por ello en la armonía de sus vuelos.
Tras las esquinas sin luz esquivamos las cegueras,
nuestros pasos, los míos y los de mis muñecos tan grises,
resonaban en los pavimentos que sangraban con roncos quejidos.
Éramos las siniestras carcajadas de los grifos y las gárgolas
en aquella ciudad dormida ajena a nuestras vergüenzas.
Ese era el sueño inocentemente procaz de los plátanos de sombra
florecidos de lascivias, anunciando primaveras,
cobijando los ardores que hacían latir nuestros corazones todavía incoloros.
Mientras, la ciudad sobre la ardiente llanura
se estremecía con la visión de los cuatro jinetes negros .
Ilust.: “El Apocalipsis de San Juan.” Rufino Tamayo. 1989