Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
(Dos cantos en un color)
CANTO I
Tiempo de silencio,
de minutos ondulados,
paseantes,
en los que la vida se agota
paso a paso,
casi sin querer,
como no dándose cuenta.
Tiempo de silencio
y soledades,
como plumas,
como espadas
que hieren acariciando;
polémico ser,
no ser,
del alma.
Tiempo que se escapa
en un suspiro,
pétalo de horas
que deshoja un largo instante.
Tiempo de silencio.
Mi tiempo.
CANTO II
Sobre la ciudad,
el aire detenido
se desparrama por sus calles,
flor en que estalla
la rosa de los vientos.
Ha quedado prendido el momento,
suspendido
en un recuerdo gris
de calles y solares,
que ha ido rompiendo el tiempo
con cizalla de años.
Un trémolo de aves,
árboles de grandes hojas,
senderos de grava
que pasean el parque
donde corren los niños
y corren las madres
como yo he corrido;
eco de voces,
de risas, de ayes,
que son mi voz, mi llanto,
mis pesares.
Ahora... únicamente yo
los escucho, los siento, los vivo
para mí
y para nadie.
La ciudad encendida,
inundada de horas
(mi tiempo)
de mi ser excedida.
Me hallo en los rincones,
en las esquinas
que no alcanza a doblar la memoria.
Calafatea el alma
la vida ya vivida,
para navegar, tráfago de lustros,
entre escaparates que me muestran
cientos de veces a ellos asomado.
Persigo,
busco un aroma que he perdido,
que no encuentro
y reconoceré al hallarlo
porque es mío;
olor,
sabor de haber querido.
Quimera,
sueño anhelante que se apetece
al detener el existir
por un instante.
Una sombra gris se me escapa,
me pierde
adelantándome en las calles.
Sombra que lleva
fragancias de esperanza,
particular promesa,
soplo leve de trascendencia.
El cielo quieto se desploma
sobre mis manos extendidas,
ansiosas de lo alto.
Entonces se derrama tu voz,
como un ensalmo,
empapando mis cabellos,
escurriendo por mis brazos
y soy de nuevo tu nombre,
renacido en los pedazos.
CANTO I
Tiempo de silencio,
de minutos ondulados,
paseantes,
en los que la vida se agota
paso a paso,
casi sin querer,
como no dándose cuenta.
Tiempo de silencio
y soledades,
como plumas,
como espadas
que hieren acariciando;
polémico ser,
no ser,
del alma.
Tiempo que se escapa
en un suspiro,
pétalo de horas
que deshoja un largo instante.
Tiempo de silencio.
Mi tiempo.
CANTO II
Sobre la ciudad,
el aire detenido
se desparrama por sus calles,
flor en que estalla
la rosa de los vientos.
Ha quedado prendido el momento,
suspendido
en un recuerdo gris
de calles y solares,
que ha ido rompiendo el tiempo
con cizalla de años.
Un trémolo de aves,
árboles de grandes hojas,
senderos de grava
que pasean el parque
donde corren los niños
y corren las madres
como yo he corrido;
eco de voces,
de risas, de ayes,
que son mi voz, mi llanto,
mis pesares.
Ahora... únicamente yo
los escucho, los siento, los vivo
para mí
y para nadie.
La ciudad encendida,
inundada de horas
(mi tiempo)
de mi ser excedida.
Me hallo en los rincones,
en las esquinas
que no alcanza a doblar la memoria.
Calafatea el alma
la vida ya vivida,
para navegar, tráfago de lustros,
entre escaparates que me muestran
cientos de veces a ellos asomado.
Persigo,
busco un aroma que he perdido,
que no encuentro
y reconoceré al hallarlo
porque es mío;
olor,
sabor de haber querido.
Quimera,
sueño anhelante que se apetece
al detener el existir
por un instante.
Una sombra gris se me escapa,
me pierde
adelantándome en las calles.
Sombra que lleva
fragancias de esperanza,
particular promesa,
soplo leve de trascendencia.
El cielo quieto se desploma
sobre mis manos extendidas,
ansiosas de lo alto.
Entonces se derrama tu voz,
como un ensalmo,
empapando mis cabellos,
escurriendo por mis brazos
y soy de nuevo tu nombre,
renacido en los pedazos.
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