Entre costos y tarifas
Lo sabía; el demonio, lo sabía.
Y por supuesto, el dios de las iglesias
fingiendo distracciones con amnesias
y ocupado en su tonta algarabía.
Fuimos tan ciegos dentro de los muros
en viejas teocracias… que nos dimos
con látigos, tan fuerte, que pudimos
desechar los cigarros por los puros.
El diablo se retuerce y se convulsa
con sordas carcajadas de desprecio.
El hombre, un animal bastante necio,
se come otra manzana que no expulsa...
el dios de las iglesias apostó
que el hombre era un pelmazo aborregado,
nuestra conducta nunca lo ha negado
y jamás entendí lo que costó.
Autor: Jorge de Córdoba