Luis Adolfo
Poeta que considera el portal su segunda casa
I
Por el vetusto barrio,
donde otrora
las musas le asaltaran,
vaga errabundo,
perdido en las tinieblas.
Con él, siempre su quijotesco abrigo.
En los bolsillos,
tan sólo un lápiz,
un papel y un descosido.
¡De la rosa blanquísima ni una huella de vida!
Hastiado del mundano mundo,
hundido en la desesperanza,
grita a las fuentes de bronce
y a las sordas esquinas:
¡un adjetivo busco, un adjetivo!
II
En una estrecha calle
donde habita el olvido,
el cadáver de un viejo
y un revólver caliente.
Ni sus nobles cenizas
hallarán hogar cálido.
III
Donde quiera que estés,
amigo imaginado,
descubro mi cabeza
quitándome el sombrero,
y el más cálido aplauso yo te entrego.
Para ti son estos versos,
querido camarada
de la emoción y el recreo,
fraterno colega imaginado,
pastor de lágrimas y de llantos contenidos,
poeta dandy
de barbas desgreñadas y pañuelo amarillo.
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