INVOCACIÓN
Ya se que no eras tú
En la noche gelatinosa no eras tú
quien recogía los diezmos y las primicias
de la luna coronada de frágiles insinuaciones.
Ya se que no eras tú
quien en las madrugadas inéditas
buscabas fragmentos de caracolas ociosas
para aderezar tus pensamientos.
Y tampoco eras tú
la que azuzaba a los sedientos cormoranes de las rocas
heraldos silenciosos de los pescadores del abismo
La luz engañosa del promiscuo amanecer te delataba.
Era el final de la canícula.
Los fuegos de los hibiscos en flor dejaron de iluminar atardeceres.
Tan sólo a la luz, la escasa luz,
reflejada en las hojas de la fragante mejorana
podíamos intuir el signo ineficaz de la tormenta.
Sangrientas -sangrantes- las copas del último banquete
las amazonas rugientes volvieron a desnudar sus amplios pechos.
Nácar sobre azulejos, cordobanes primorosos, nubes de estío.
A voramar danzaban los cadáveres del último naufragio.
Avanzan bajo las arenas tumefactas
ardorosas todavía por el recuerdo de las procaces balinesas
los pavorosos cangrejos que escaparon del palacio de Nereo.
El faro lanza su dardo de luz silente y la luna gira y calla.
Te imagino entre nebulosos unicornios
reina de la noche entre el ronroneo de la radiola
y los humos que perfuman el ambiente rojizo de tu aura.
Te imagino, tú, cariátide entre las hojas de acanto florecidas.
Pero aunque se que no eras tú
quien ponías el fresco pomelo en el pentagrama del alba
aún sabiendo que no eras tú
debes llegar de nuevo a mí disuelta en tus rosicleres de virgen.
Ilust.: "Circe ofreciendo la copa a Ulises.". John William Waterhose. 1891
Ya se que no eras tú
En la noche gelatinosa no eras tú
quien recogía los diezmos y las primicias
de la luna coronada de frágiles insinuaciones.
Ya se que no eras tú
quien en las madrugadas inéditas
buscabas fragmentos de caracolas ociosas
para aderezar tus pensamientos.
Y tampoco eras tú
la que azuzaba a los sedientos cormoranes de las rocas
heraldos silenciosos de los pescadores del abismo
La luz engañosa del promiscuo amanecer te delataba.
Era el final de la canícula.
Los fuegos de los hibiscos en flor dejaron de iluminar atardeceres.
Tan sólo a la luz, la escasa luz,
reflejada en las hojas de la fragante mejorana
podíamos intuir el signo ineficaz de la tormenta.
Sangrientas -sangrantes- las copas del último banquete
las amazonas rugientes volvieron a desnudar sus amplios pechos.
Nácar sobre azulejos, cordobanes primorosos, nubes de estío.
A voramar danzaban los cadáveres del último naufragio.
Avanzan bajo las arenas tumefactas
ardorosas todavía por el recuerdo de las procaces balinesas
los pavorosos cangrejos que escaparon del palacio de Nereo.
El faro lanza su dardo de luz silente y la luna gira y calla.
Te imagino entre nebulosos unicornios
reina de la noche entre el ronroneo de la radiola
y los humos que perfuman el ambiente rojizo de tu aura.
Te imagino, tú, cariátide entre las hojas de acanto florecidas.
Pero aunque se que no eras tú
quien ponías el fresco pomelo en el pentagrama del alba
aún sabiendo que no eras tú
debes llegar de nuevo a mí disuelta en tus rosicleres de virgen.
Ilust.: "Circe ofreciendo la copa a Ulises.". John William Waterhose. 1891