Cuando uno conocía al personaje, una de las primeras sorpresas que deparaba era el origen de su diminutivo. Cualquiera pensaría que su nombre sería el de Jaime, Jaimito, pues, por otra parte era un verdadero personaje de chiste. Pero no. Su nombre era el muy aristocrático (de una aristocracia foránea, es cierto) de Williams. Podía haber concluído en “Willi”, que es lo normal, pero un a especie de atavismo antibritánico nos hizo traducirlo en Guillermo, y de ahí Guillermito, Mito, en definitiva. Y a él le gustó. Era, como digo, un tipo peculiar, una “rara avis”, incluso en aquella tertulia de bohemios y sobrevivientes, valleinclanesca si no se tuviese en cuenta el humilde nivel intelectual y cultural de muchos de sus componentes. No recuerdo bien a quien de nosotros se le ocurrió lo del “eterno retorno”. Desde luego Nietzsche no estaba entre nuestras lecturas de mesilla de noche, ni tampoco conocíamos a Eliade, pero un buen día, como un elemento más de aquel curioso paisaje, apareció lo del “eterno retorno” para referirnos a Mito.
Ciertamente el origen directo del chistecillo era el de las excesivamente frecuentes idas y venidas, apariciones y desapariciones de Mito, justificadas con las más extravagantes e inverosímiles disculpas. Dónde iba, qué hacía durante aquellas breves pero frecuentes desapariciones, fueron cuestiones nunca aclaradas. Cada ausencia de Mito traía, con la vuelta del individuo, un rosario de historias, un anecdotario variadísimo y de difícil encaje en las elementales vivencias de Mito, pero que nos divertían y eran motivo de jolgorio y buenas cogorzas a cuenta de aquel nuevo Ulises mesetario. Porque, eso sí, sentido del humor y “pasta gastadora” no le faltaban al mozo. Detrás de su estolidez habitaba esa especie de inteligencia primitiva, esa gracia consustancial a las gentes de pueblo biennacidas que hacía que su presencia fuese un cofre de sorpresas, una especie de caja de Pandora, pero de alegrías y buen humor, acrecentada por su particular forma de hablar, que unía la cazurrería del hablar pueblerino con un cierto acento extranjero adquirido tal vez por herencia paterna, pues su padre fue (se decía), aunque desconocido, inglés.
De origen incierto y misterioso su aspecto, al verlo la primera vez provocaba susto. Apareció en el pueblo, junto a su madre, cuando apenas era un bebé. Alto, desgarbado, con la cara extrañamente irregular, asimétrica y con abundantes restos de acné, tenía, en cambio, un no se qué que lo hacía caer bien; empatía se llama ahora. Sus atuendos eran de lo más extravagantes; sin querer marcar tendencia, según la actual jerigonza de modistos y críticos de las modas, mezclaba pantalones de pana con blaziers de alta confección; zapatillas de campesino con calcetines de ejecutivo, a veces cada uno de un color. Usaba permanentemente boina negra, sin capar, y en lo más duro del verano se abrigaba el cuello con telas de turbante de vivos colorines, que a la vez le servían de refajo y ocultaban la roña que solía ser revestimiento normal de su larguísimo pescuezo.
En el café donde nos reuníamos más de un tumulto se organizó por los comentarios soeces y estentóreos de parroquianos desconocedores de las costumbres de “El Mito”, a los que nosotros respondíamos en igual tono, aplicando un criterio de solidaridad y ganas de armar follón . Entonces el Mito desaparecía, iniciaba uno de sus ciclos de periplos desconocidos, de los que nosotros esperábamos su retorno cuajado de historias, que alegrarían muchas veladas, interminables, hasta que los camareros, prudentemente, depositaban a los más borrachos en las aceras de la calles y a los demás, con la mejor de las sonrisas, nos despedían con un “hasta mañana, buenas noches nos dé dios...”
Solo una vez ví a “El Mito” triste y alterado. Musitaba, muy bajito: “esa mala zorra...” Pero su capacidad de transformación cuando se sentía debilitado y comprendía, dentro de su complejo cerebro, que esa debilidad podía franquear a otros las puertas de su ciudadela, entonces en un santiamén cambiaba el gesto triste por la más descarada jocundia y un palmetazo de sus huesudas manos en la espalda ponía fin al esos raros episodios de tristeza. El secreto de “El Mito”, la clave de su éxito entre nosotros, permaneció inviolado hasta que desapareció. Después solo fueron rumores. Nunca le conocimos amoríos ni aventuras sentimentales; tampoco trabajos remunerados, pero nunca pedía dinero; antes al contrario, muchas veces era nuestra fuente de financiación en momentos difíciles. El eterno, y ahora todavía esperado, retorno de “El Mito” sigue siendo eso: el gran mito de aquella juventud feliz y alegremente alocada.
Ciertamente el origen directo del chistecillo era el de las excesivamente frecuentes idas y venidas, apariciones y desapariciones de Mito, justificadas con las más extravagantes e inverosímiles disculpas. Dónde iba, qué hacía durante aquellas breves pero frecuentes desapariciones, fueron cuestiones nunca aclaradas. Cada ausencia de Mito traía, con la vuelta del individuo, un rosario de historias, un anecdotario variadísimo y de difícil encaje en las elementales vivencias de Mito, pero que nos divertían y eran motivo de jolgorio y buenas cogorzas a cuenta de aquel nuevo Ulises mesetario. Porque, eso sí, sentido del humor y “pasta gastadora” no le faltaban al mozo. Detrás de su estolidez habitaba esa especie de inteligencia primitiva, esa gracia consustancial a las gentes de pueblo biennacidas que hacía que su presencia fuese un cofre de sorpresas, una especie de caja de Pandora, pero de alegrías y buen humor, acrecentada por su particular forma de hablar, que unía la cazurrería del hablar pueblerino con un cierto acento extranjero adquirido tal vez por herencia paterna, pues su padre fue (se decía), aunque desconocido, inglés.
De origen incierto y misterioso su aspecto, al verlo la primera vez provocaba susto. Apareció en el pueblo, junto a su madre, cuando apenas era un bebé. Alto, desgarbado, con la cara extrañamente irregular, asimétrica y con abundantes restos de acné, tenía, en cambio, un no se qué que lo hacía caer bien; empatía se llama ahora. Sus atuendos eran de lo más extravagantes; sin querer marcar tendencia, según la actual jerigonza de modistos y críticos de las modas, mezclaba pantalones de pana con blaziers de alta confección; zapatillas de campesino con calcetines de ejecutivo, a veces cada uno de un color. Usaba permanentemente boina negra, sin capar, y en lo más duro del verano se abrigaba el cuello con telas de turbante de vivos colorines, que a la vez le servían de refajo y ocultaban la roña que solía ser revestimiento normal de su larguísimo pescuezo.
En el café donde nos reuníamos más de un tumulto se organizó por los comentarios soeces y estentóreos de parroquianos desconocedores de las costumbres de “El Mito”, a los que nosotros respondíamos en igual tono, aplicando un criterio de solidaridad y ganas de armar follón . Entonces el Mito desaparecía, iniciaba uno de sus ciclos de periplos desconocidos, de los que nosotros esperábamos su retorno cuajado de historias, que alegrarían muchas veladas, interminables, hasta que los camareros, prudentemente, depositaban a los más borrachos en las aceras de la calles y a los demás, con la mejor de las sonrisas, nos despedían con un “hasta mañana, buenas noches nos dé dios...”
Solo una vez ví a “El Mito” triste y alterado. Musitaba, muy bajito: “esa mala zorra...” Pero su capacidad de transformación cuando se sentía debilitado y comprendía, dentro de su complejo cerebro, que esa debilidad podía franquear a otros las puertas de su ciudadela, entonces en un santiamén cambiaba el gesto triste por la más descarada jocundia y un palmetazo de sus huesudas manos en la espalda ponía fin al esos raros episodios de tristeza. El secreto de “El Mito”, la clave de su éxito entre nosotros, permaneció inviolado hasta que desapareció. Después solo fueron rumores. Nunca le conocimos amoríos ni aventuras sentimentales; tampoco trabajos remunerados, pero nunca pedía dinero; antes al contrario, muchas veces era nuestra fuente de financiación en momentos difíciles. El eterno, y ahora todavía esperado, retorno de “El Mito” sigue siendo eso: el gran mito de aquella juventud feliz y alegremente alocada.
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