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Moria

Fingal

Poeta adicto al portal
Moria
(Isla de Lesbos, Unión Europea, 2018)

Hay nombres que se clavan en la historia,
que pesan en los ojos y en los labios;
pesan como la piedra del sepulcro,
como condenas justas,
como la culpa atada a la garganta.
Pesan y no se pueden respirar.

Son lugares carnívoros, oscuros,
envenenados del peor instinto;
lugares donde se abandona al hombre
–lo destruimos, lo sacrificamos–
cualesquiera que sean sus derechos;
a los padres que no son nuestros padres,
a los niños que no son nuestros niños.

Caen como deseos agotados,
como sombras de vida,
como la realidad de los ingenuos.
Caen a la profundidad humana
como las lágrimas originales,
como el horror de la primera noche,
como el hambre que grita
y empuja a la conciencia.
Caen frente a nosotros
a la distancia exacta del olvido.

Hay nombres atrapados en los pliegues
de la piel primitiva,
la piel vieja que caza y mata y sabe
que nunca hubo Dios ni paraíso.
Piel débil que defiende el territorio,
piel pura que procrea sin amor,
piel que no pretendemos ni mudamos.

Sé que en algún futuro
habrá documentales, reportajes
y nos obligaremos a mirar,
a rezar ante nuestra propia sombra,
a cargar lo que somos.
Será una anciana casi viva, casi,
como una luz sujeta con alambres,
como un rostro animado desde lejos,
como un espectro apenas redimido:

–Yo tenía diez años.

Viví encerrada en Moria
dos o tres… no me acuerdo.



Intenté suicidarme cuatro veces.


Álvaro del Prado
7 de noviembre de 2018
 
Moria
(Isla de Lesbos, Unión Europea, 2018)

Hay nombres que se clavan en la historia,
que pesan en los ojos y en los labios;
pesan como la piedra del sepulcro,
como condenas justas,
como la culpa atada a la garganta.
Pesan y no se pueden respirar.

Son lugares carnívoros, oscuros,
envenenados del peor instinto;
lugares donde se abandona al hombre
–lo destruimos, lo sacrificamos–
cualesquiera que sean sus derechos;
a los padres que no son nuestros padres,
a los niños que no son nuestros niños.

Caen como deseos agotados,
como sombras de vida,
como la realidad de los ingenuos.
Caen a la profundidad humana
como las lágrimas originales,
como el horror de la primera noche,
como el hambre que grita
y empuja a la conciencia.
Caen frente a nosotros
a la distancia exacta del olvido.

Hay nombres atrapados en los pliegues
de la piel primitiva,
la piel vieja que caza y mata y sabe
que nunca hubo Dios ni paraíso.
Piel débil que defiende el territorio,
piel pura que procrea sin amor,
piel que no pretendemos ni mudamos.

Sé que en algún futuro
habrá documentales, reportajes
y nos obligaremos a mirar,
a rezar ante nuestra propia sombra,
a cargar lo que somos.
Será una anciana casi viva, casi,
como una luz sujeta con alambres,
como un rostro animado desde lejos,
como un espectro apenas redimido:

–Yo tenía diez años.

Viví encerrada en Moria
dos o tres… no me acuerdo.



Intenté suicidarme cuatro veces.


Álvaro del Prado
7 de noviembre de 2018

Muchas gracias Álvaro por lo interesante y bien construida obra que nos dejas y compartes; esa cruel realidad que las sociedades de primera línea no quieren creer y miramos para otro lado, nos colocamos una armadura para evitar que nos llegue al corazón y nos duela.
El mundo necesita de poetas como tu, Fingal, para que no nos olvidemos que más allá de nuestro confort hay otras vidas y mucha muerte...
Un abrazo. José I.
 
Moria
(Isla de Lesbos, Unión Europea, 2018)

Hay nombres que se clavan en la historia,
que pesan en los ojos y en los labios;
pesan como la piedra del sepulcro,
como condenas justas,
como la culpa atada a la garganta.
Pesan y no se pueden respirar.

Son lugares carnívoros, oscuros,
envenenados del peor instinto;
lugares donde se abandona al hombre
–lo destruimos, lo sacrificamos–
cualesquiera que sean sus derechos;
a los padres que no son nuestros padres,
a los niños que no son nuestros niños.

Caen como deseos agotados,
como sombras de vida,
como la realidad de los ingenuos.
Caen a la profundidad humana
como las lágrimas originales,
como el horror de la primera noche,
como el hambre que grita
y empuja a la conciencia.
Caen frente a nosotros
a la distancia exacta del olvido.

Hay nombres atrapados en los pliegues
de la piel primitiva,
la piel vieja que caza y mata y sabe
que nunca hubo Dios ni paraíso.
Piel débil que defiende el territorio,
piel pura que procrea sin amor,
piel que no pretendemos ni mudamos.

Sé que en algún futuro
habrá documentales, reportajes
y nos obligaremos a mirar,
a rezar ante nuestra propia sombra,
a cargar lo que somos.
Será una anciana casi viva, casi,
como una luz sujeta con alambres,
como un rostro animado desde lejos,
como un espectro apenas redimido:

–Yo tenía diez años.

Viví encerrada en Moria
dos o tres… no me acuerdo.



Intenté suicidarme cuatro veces.


Álvaro del Prado
7 de noviembre de 2018
Unos versos con mucha profundidad y fuerza en el recuerdo y el anhelo de no callar.
Saludos poeta, un gusto pasar.
Azalea.
 

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