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BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Había un amor entre espinas

desvanecido, hombro ancho,

espliego entre cánticos, de mujeres

o hembras parsimoniosas y afables,

había, en fin, las dudas precedentes,

ese sollozo propio de las féminas al

anochecer, ese bosque de lágrimas.

Siempre entre cárceles, sonaba la

sonata tardía de los elementos crepusculares,

las rosas desfallecidas, los órganos tempestuosos,

las rocas fibrosas, los apaciguados testigos.

Un cartel de hojas amplias, y de atardeceres

límpidos, y de metrallas desvencijadas, de muros

encarnados. Yo iba siempre

a recogerla. Con las lágrimas a punto,

el sacrificio de las manos, con las hogazas místicas

del pan y de los arados, iba a siempre a recogerla.

Las trenzas y sus pómulos, de color terroso anaranjado,

tierra y melocotón, sus ojos aplastados.

Su ternura, una higuera dinamitada.

En fin, las cosas habituales, siempre tan efímeras.

Los árboles cantaban, su rondalla de viejos siglos.

Había huéspedes naturales, botellas abrazadas,

antes de las estrellas, pieles dormidas bajo un mismo calor

seco.

Y yo amaba, lo que yo lloraba, por aquel entonces.



©
 
Había un amor entre espinas

desvanecido, hombro ancho,

espliego entre cánticos, de mujeres

o hembras parsimoniosas y afables,

había, en fin, las dudas precedentes,

ese sollozo propio de las féminas al

anochecer, ese bosque de lágrimas.

Siempre entre cárceles, sonaba la

sonata tardía de los elementos crepusculares,

las rosas desfallecidas, los órganos tempestuosos,

las rocas fibrosas, los apaciguados testigos.

Un cartel de hojas amplias, y de atardeceres

límpidos, y de metrallas desvencijadas, de muros

encarnados. Yo iba siempre

a recogerla. Con las lágrimas a punto,

el sacrificio de las manos, con las hogazas místicas

del pan y de los arados, iba a siempre a recogerla.

Las trenzas y sus pómulos, de color terroso anaranjado,

tierra y melocotón, sus ojos aplastados.

Su ternura, una higuera dinamitada.

En fin, las cosas habituales, siempre tan efímeras.

Los árboles cantaban, su rondalla de viejos siglos.

Había huéspedes naturales, botellas abrazadas,

antes de las estrellas, pieles dormidas bajo un mismo calor

seco.

Y yo amaba, lo que yo lloraba, por aquel entonces.



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Nostálgico poema , Ben. He podido sentir el clima de tus recuerdos que tanto se parecen a los míos, tal vez a los de todos.
Un cordial saludo
Jazmín
 

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