José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Me senté a su lado, en silencio.
Acaricié su brazo… estaba frío,
la piel suave y su olor… ay! su olor…
me transportó a su regazo cuando era niña,
me envolvió en un sentimiento de ternura
que me golpeó el corazón…
el chucu-chú del tren me pellizcó.
Comprendí…
que este viaje llegaba a su fin.
Su mirada perdida rebuscaba en su pasado.
Y como si de un súper-ocho se tratara,
los años de su vida se mostraban
a velocidad del chucu-chú del tren.
Saludaba, uno a uno, sus recuerdos con cortesía.
Creí verla en un reflejo…
en el cristal de la ventana a sus veinte años.
Joven, bonita, sonriente… llena de ilusiones.
No podía dejar de acariciar su brazo,
de aferrarme a ella.
Ni de respirar su aroma convertido ya en nostalgia.
La zozobra se adueñó de mi alma…
Su pulso y el tren acompasaron el ritmo.
De pronto…, el chucu-chú se empezó a suavizar.
Le pedí al pasajero de enfrente que nos
hiciera esta foto. Él era mi padre, que asintió
con lágrimas en los ojos.
El reflejo de la ventanilla me miró,
me sonrió y … en ese instante,
el chucu-chú… se apagó…
Desperté… ella seguía mirando
a través de la ventanilla,
con una media sonrisa… un poco cansada.
P.D. Ah! Y la foto no la hizo mi padre, debió ser Eratalia, la pasajera de enfrente…