kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL ROBOT
Como todos los viernes
me siento a pensar unos versos,
pero últimamente no tengo nada que decir, nada.
Esa nada bien podría ser el combustible
del motor del cambio, ¡claro que sí!,
pero no habrá cambio si el motor está en el desguace.
En estos casos, la nada,
es la gota que nunca colmará el vaso,
y es que este jodido vaso se traga lo que le echen.
Quizá la explicación de este penoso letargo vital
se deba a que me he convertido en un robot,
¡en un puto robot!
A lo mejor tuve una primera fase humana,
no digo que no…, de hecho la tuve,
pero ahora hago como que me río,
hago como que me gusta mi trabajo,
hago como que disfruto de la cerveza,
hago como que me mojo bajo esta lluvia…,
«hago como», pero no me como lo que hago.
¿Cuándo fue suplantada mi consciencia
por el mineral aséptico de un algoritmo?,
¿cuándo se llenó de cables mi cabeza
para convertirme en el parásito de mi propio cuerpo?
Últimamente solo sigo los designios
gestionados por el código de una voluntad de silicio.
Este robot, con su ridículo paso marcial,
camina hasta la oficina cada mañana,
mientras sus hijos duermen,
y retorna a casa
cuando un dominó de luces
recorre la fachada de enfrente.
Al llegar lo recibe su propio repique de llaves,
y es que hace horas que cesó el calor de las voces,
y sus hijos duermen
soñando con el patio de sus problemas…
Y el jodido robot les regala un beso metálico en la frente
a un solo bit de soltar aquello de: «lo hago por vosotros»,
para ya alcanzar el nivel «cuñado» de robot.
Y es que cuando uno se convierte en un robot
es como esa desolada prenda
que tiene su etiqueta colmada de tachones
y que no requiere siquiera la atención de aquella gente
que en rebajas corre por los pasillos del centro comercial.
A los robots no los quiere ni dios,
porque no se quieren a ellos mismos.
Pero, a veces, este robot, lee versos,
lee versos a su compañera, a sus hijos,
y se da cuenta de que todavía se emociona y siente,
y, entonces, su alma de silicio tiembla
ante la esperanza
de ser algo más
que una triste secuencia
de unos y ceros.
Kalkbadan
En Madrid, a 19 de enero de 2019
Como todos los viernes
me siento a pensar unos versos,
pero últimamente no tengo nada que decir, nada.
Esa nada bien podría ser el combustible
del motor del cambio, ¡claro que sí!,
pero no habrá cambio si el motor está en el desguace.
En estos casos, la nada,
es la gota que nunca colmará el vaso,
y es que este jodido vaso se traga lo que le echen.
Quizá la explicación de este penoso letargo vital
se deba a que me he convertido en un robot,
¡en un puto robot!
A lo mejor tuve una primera fase humana,
no digo que no…, de hecho la tuve,
pero ahora hago como que me río,
hago como que me gusta mi trabajo,
hago como que disfruto de la cerveza,
hago como que me mojo bajo esta lluvia…,
«hago como», pero no me como lo que hago.
¿Cuándo fue suplantada mi consciencia
por el mineral aséptico de un algoritmo?,
¿cuándo se llenó de cables mi cabeza
para convertirme en el parásito de mi propio cuerpo?
Últimamente solo sigo los designios
gestionados por el código de una voluntad de silicio.
Este robot, con su ridículo paso marcial,
camina hasta la oficina cada mañana,
mientras sus hijos duermen,
y retorna a casa
cuando un dominó de luces
recorre la fachada de enfrente.
Al llegar lo recibe su propio repique de llaves,
y es que hace horas que cesó el calor de las voces,
y sus hijos duermen
soñando con el patio de sus problemas…
Y el jodido robot les regala un beso metálico en la frente
a un solo bit de soltar aquello de: «lo hago por vosotros»,
para ya alcanzar el nivel «cuñado» de robot.
Y es que cuando uno se convierte en un robot
es como esa desolada prenda
que tiene su etiqueta colmada de tachones
y que no requiere siquiera la atención de aquella gente
que en rebajas corre por los pasillos del centro comercial.
A los robots no los quiere ni dios,
porque no se quieren a ellos mismos.
Pero, a veces, este robot, lee versos,
lee versos a su compañera, a sus hijos,
y se da cuenta de que todavía se emociona y siente,
y, entonces, su alma de silicio tiembla
ante la esperanza
de ser algo más
que una triste secuencia
de unos y ceros.
Kalkbadan
En Madrid, a 19 de enero de 2019
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