Victoria M.
Poeta recién llegado
No fue el cuerpo, ni el depósito, ni el olor.
Tampoco el nublado día, ni el oratorio.
Menos aún los coches fúnebres, ni los ataúdes.
No. No fue nada de todo eso.
Y si me preguntas el qué, te diré:
¡Cuánto miedo sentí allí dentro!
Entre el jolgorio de los vivos
y entre el rezumar de los muertos.
¡Pero no! Éstos últimos no fueron.
Fue el vigor de mis compañeros,
fueron sus risas y sus gestos,
pues fue entonces cuando descubrí
que me asemejo más al difunto que a ellos.
No. No fue el estrépito de los truenos.
No. Tampoco la morgue ni el responso.
No. Menos aún el cementerio.
No. No fue nada de todo eso.
Y aun así: ¡cuánto miedo sentí allí dentro!
Tampoco el nublado día, ni el oratorio.
Menos aún los coches fúnebres, ni los ataúdes.
No. No fue nada de todo eso.
Y si me preguntas el qué, te diré:
¡Cuánto miedo sentí allí dentro!
Entre el jolgorio de los vivos
y entre el rezumar de los muertos.
¡Pero no! Éstos últimos no fueron.
Fue el vigor de mis compañeros,
fueron sus risas y sus gestos,
pues fue entonces cuando descubrí
que me asemejo más al difunto que a ellos.
No. No fue el estrépito de los truenos.
No. Tampoco la morgue ni el responso.
No. Menos aún el cementerio.
No. No fue nada de todo eso.
Y aun así: ¡cuánto miedo sentí allí dentro!