Llueve en Calcuta

Cris Cam

Poeta adicto al portal
Llueve en Calcuta


Julio, sudestada,
llueve en Calcuta,
sequia en Calihari,
época de finales.

Puedo, con mi lengua, trazar una línea,
atravesando el ecuador de tu vientre.
Siento temblores de luna,
escucho un tumulto de sirena.

Me quedaré aquí un minuto,
ocho horas o la eternidad,
observando como crece tu diámetro,
del follaje de mi sombra.

Abrazaré tu piel crecida, aún mia,
mientras, ella, baila con Lisa,
en un cabaret de Berlín,
y te vienen pulsiones de luz.

Otra vez julio,
hace frío en el parque,
hamacas vacías de chupetines,
recortadas de ojo de buey.

Cuatrocientos diecisiete,
un número clavado al marco de la puerta,
que estropea las rimas,
y presagia mi futuro de tiburón.

La noche esta serena,
alguien abrió el domo del observatorio,
una estrella le regalará luz y sueños,
medidas de fuga y fotones.

Llueve en Lisboa,
cambia la marea, fuma el Vesubio,
se abren las compuertas de tu dique,
otro agua fertil que nos inunda el patio.

Y hoy, hace tanto de hoy,
tus valles de cuencos cálidos,
se me han secado de espinas;
en tu piel regalada.

Aunque quizá esas manitas,
escondidas de cuentos y vientos,
que ahora me ganan pulseadas,
sean las que me entierren.
 
Llueve en Calcuta


Julio, sudestada,
llueve en Calcuta,
sequia en Calihari,
época de finales.

Puedo, con mi lengua, trazar una línea,
atravesando el ecuador de tu vientre.
Siento temblores de luna,
escucho un tumulto de sirena.

Me quedaré aquí un minuto,
ocho horas o la eternidad,
observando como crece tu diámetro,
del follaje de mi sombra.

Abrazaré tu piel crecida, aún mia,
mientras, ella, baila con Lisa,
en un cabaret de Berlín,
y te vienen pulsiones de luz.

Otra vez julio,
hace frío en el parque,
hamacas vacías de chupetines,
recortadas de ojo de buey.

Cuatrocientos diecisiete,
un número clavado al marco de la puerta,
que estropea las rimas,
y presagia mi futuro de tiburón.

La noche esta serena,
alguien abrió el domo del observatorio,
una estrella le regalará luz y sueños,
medidas de fuga y fotones.

Llueve en Lisboa,
cambia la marea, fuma el Vesubio,
se abren las compuertas de tu dique,
otro agua fertil que nos inunda el patio.

Y hoy, hace tanto de hoy,
tus valles de cuencos cálidos,
se me han secado de espinas;
en tu piel regalada.

Aunque quizá esas manitas,
escondidas de cuentos y vientos,
que ahora me ganan pulseadas,
sean las que me entierren.
No sabemos a donde iremos a parar, pero la lluvia siempre arrecia, sin importar el tiempo, saludos cordiales
 

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