Cris Cam
Poeta adicto al portal
Desde la luna.
Que aburrido atardecer de tierra menguante. Sin vientos, ni nubes. Sólo cristales y silencio. El sol comenzó a ponerse hace apenas 6 horas. El Mar de la Tranquilidad, esta llanura imperturbable, sin novedad.
Antes era más imprevisible. La luna era siempre la misma y siempre distinta. La misma luna llena, no era igual una cruda noche de invierno que una cálida tarde de verano. No eran los mismos los aullidos de los lobos que los versos del poeta. A veces me olvidaba de ella, la buscaba y no la encontraba. Porque no había levantado o era nueva de mediodía o llovía.
En cambio ahora, en ella misma, ver a la madre tierra, siempre en el mismo lugar, siempre azul sin sorpresas.
Hoy hay nubes sobre China.
Y te recuerdo.
Mi abuelo me contaba, que siendo casi un niño, un día de julio vinieron aquí por primera vez. Sería un tiempo nuevo. No lo fue, siguieron el hambre, las guerras, el despojo. Siguieron los soñadores, los mártires, los luchadores y los suicidas.
Papá conoció el nuevo milenio y el exilio, y lo soportó.
Yo conocí otra patria y no la soporté, a este extierro nunca lo soportaré.
Pero quiero recordar esa tarde de turista en Beijing cuando vi tus atrevidos ojos de sol naciente. Algo andaba mal. Los mapas y los manuales turísticos, decían que eran educados y tímidos. Pero vos me acribillaste de ojos y me robaste la perorata occidental. Eras educada, cierto, manejabas el inglés, el castellano de mis padres, mi francés como tu Lenguas oficial y cantonesa. Tenías un traje morado de guía turística, y tu descontextuado chicle. Pero no eras tímida, pronto me llevaste de la mano a conocer, no solo la ceremoniosa Ciudad Celeste, sino la alegría y simplicidad de tu sangre. Y no pude esperar. No quise esperar a tener residencia, ni a esperar tu permiso de emigración, tenía que tenerte para siempre, un siempre como el de la Gran Muralla o los Jardines Colgantes. Que antigüedad la mía. Escaparse con vos. Que idiotez volver a la tierra de mis abuelos. Esa Europa revenida de los mares del sur.
Quiero recordarte cuando me diste un beso insolente y desprevenido detrás del trono del Emperador. No quiero recordarte agonizante de la furia bárbara de la envidia.
Nadie me creyó. La impotencia potenció mi furia. La venganza fue impiadosa.
Y aquí estoy. Preso dentro de este cristal en la misma Luna que nos apadrinó orgasmos.
Hubiera preferido la muerte, pero tuve dudas de encontrarte donde no creías, prefiero retenerte aquí en el lunar que me mordías.
Amanece en Buenos Aires. Está despejado en el Mar del Norte. Es la tercera vez que se esconde el Sahara en esta tarde.
Que aburridas y largas son las tardes sin tenerte, Li.
Que aburrido atardecer de tierra menguante. Sin vientos, ni nubes. Sólo cristales y silencio. El sol comenzó a ponerse hace apenas 6 horas. El Mar de la Tranquilidad, esta llanura imperturbable, sin novedad.
Antes era más imprevisible. La luna era siempre la misma y siempre distinta. La misma luna llena, no era igual una cruda noche de invierno que una cálida tarde de verano. No eran los mismos los aullidos de los lobos que los versos del poeta. A veces me olvidaba de ella, la buscaba y no la encontraba. Porque no había levantado o era nueva de mediodía o llovía.
En cambio ahora, en ella misma, ver a la madre tierra, siempre en el mismo lugar, siempre azul sin sorpresas.
Hoy hay nubes sobre China.
Y te recuerdo.
Mi abuelo me contaba, que siendo casi un niño, un día de julio vinieron aquí por primera vez. Sería un tiempo nuevo. No lo fue, siguieron el hambre, las guerras, el despojo. Siguieron los soñadores, los mártires, los luchadores y los suicidas.
Papá conoció el nuevo milenio y el exilio, y lo soportó.
Yo conocí otra patria y no la soporté, a este extierro nunca lo soportaré.
Pero quiero recordar esa tarde de turista en Beijing cuando vi tus atrevidos ojos de sol naciente. Algo andaba mal. Los mapas y los manuales turísticos, decían que eran educados y tímidos. Pero vos me acribillaste de ojos y me robaste la perorata occidental. Eras educada, cierto, manejabas el inglés, el castellano de mis padres, mi francés como tu Lenguas oficial y cantonesa. Tenías un traje morado de guía turística, y tu descontextuado chicle. Pero no eras tímida, pronto me llevaste de la mano a conocer, no solo la ceremoniosa Ciudad Celeste, sino la alegría y simplicidad de tu sangre. Y no pude esperar. No quise esperar a tener residencia, ni a esperar tu permiso de emigración, tenía que tenerte para siempre, un siempre como el de la Gran Muralla o los Jardines Colgantes. Que antigüedad la mía. Escaparse con vos. Que idiotez volver a la tierra de mis abuelos. Esa Europa revenida de los mares del sur.
Quiero recordarte cuando me diste un beso insolente y desprevenido detrás del trono del Emperador. No quiero recordarte agonizante de la furia bárbara de la envidia.
Nadie me creyó. La impotencia potenció mi furia. La venganza fue impiadosa.
Y aquí estoy. Preso dentro de este cristal en la misma Luna que nos apadrinó orgasmos.
Hubiera preferido la muerte, pero tuve dudas de encontrarte donde no creías, prefiero retenerte aquí en el lunar que me mordías.
Amanece en Buenos Aires. Está despejado en el Mar del Norte. Es la tercera vez que se esconde el Sahara en esta tarde.
Que aburridas y largas son las tardes sin tenerte, Li.